Ajedrez no jugado

“-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
Reflexioné un momento y repuse: -La palabra ajedrez”.
(El jardín de los senderos que se bifurcan).
Imagen de ajedrez para Fugas y obsesiones


La ciudad asfixia tanto como inspira, lo que es tan terrible como alentador. Hay una plazoleta en Villa Crespo. No sé cómo llamarla, quizás sea sólo una porción de cemento semi vacía más ancha que lo normal. Ahí hay un puesto que vende flores y hay cinco butacas de cemento. Hay un tacho de basura, una planta y dos principios de árboles. Entre un par de butacas, hay un resabio de una mesa. Entre el otro par de butacas, hay una mesa con un tablero de ajedrez, como se ve en la foto. Hay una butaca que está rota y cambia de lugar según la ocasión, sirviendo eventualmente de asiento al florero de la plazoleta. 

Este tablero de ajedrez tiene un pasado difuso, nadie puede saber con certeza desde cuándo está ahí. Estuve preguntando y no me supieron decir, supongo que debe ser más porque a nadie le interesa desde cuándo está ahí que por otro motivo, porque seguramente alguien recuerde que eso antes no estaba. Además, tiene un futuro impensable, inabarcable, casi inconcebible, claramente más amplio que el de las personas que pasan a su lado. Perdurará hasta el fin de los días como lo hace hoy: estoico, pintoresco y bicolor. Tampoco a nadie le importa el futuro de ese tablero de ajedrez. Si a nadie le importa el pasado de algo y tampoco su futuro, es evidente que menos que menos les interesará el presente. Hay algo que me llamó la atención, pasé por ahí cientos de veces pero sólo ayer me di cuenta: décadas y décadas y no tuvo ningún presente feliz, nadie usa ese tablero de ajedrez. Pueden sentarse a descansar, a atarse los cordones, a tomar mate y a charlar en esa diminuta y triangular islita de cemento, pensando las personas en sí mismas o en sus seres queridos u odiados y no en jugar. Nunca en jugar.

No es mi intención preguntarme si debería estar o no esa invitación al ajedrez ahí. Tampoco trataré de hablar de las ideas que luego salen mal y todavía menos intentar frustradamente ponerme académico y hablar de la relación entre la práctica y la prefiguración de la práctica y en cómo cada vez que paso por ese tablero de ajedrez lo conozco por primera vez. Lo cierto es que está ahí, no importa por qué pero sí importa cómo.

¿Alguien alguna vez se paró a pensar en lo que sufre ese tablero de ajedrez como lo estoy haciendo yo? ¿Por qué estoy pensando en cómo sufre un tablero de ajedrez no usado y no en cómo sufre la persona que se sube al colectivo con cara de no querer haber subido? No hay farsa mayor que decir que las cosas no tienen sentimientos, es una clásica mentira piadosa, avalada por múltiples teorías, que nos hacemos para vivir más cómodos. Las cosas tienen el sentimiento que nosotros les ponemos, sino pregúntenle a alguien que haya juntado figuritas en su infancia. Cada figurita vale proporcionalmente el costo del paquete dividido la cantidad de figuritas que hay en él, sin embargo en ciertas figuritas se ponen en juego sentimientos inexplicables, incoherentes y hasta intolerantes, sobre todo en la famosa última que completa el álbum.

Cuántas veces nos preguntamos sobre la predeterminación y sobre el azar que hay en nuestras vidas. Pensemos lo que pensemos, es difícil hacerse cargo del propio destino o de lo que uno cree que debe ser su destino según lo que quiere, que parecen cosas distintas pero no lo son tanto. Si no nos vamos a hacer cargo de eso, por lo menos tengamos un gesto. Un gesto puede ser el infinito o la nada misma, pero siempre hay que tenerlo. De lo contrario, hay que rendirse y ni siquiera fingir intentarlo, que es probablemente uno de los actos más hipócritas que hay y en el cual es muy fácil caer sin darse cuenta. 

Podría hacer decenas de analogías gastadas y baratas comparando el ajedrez con la vida. Superficiales y profundas. Podría empezar por las razas y el orden de juego, continuaría con las clases sociales de acuerdo a las posibilidades de las piezas y hasta hablaría del machismo del rey y la pacatería de la reina. O mencionaría quiénes mueren primero y quiénes luego. Pero sería un desvío porque yo no quiero hablar de lo que se relaciona con ese tablero, quiero hablar lisa y llanamente de ese tablero, sin comparaciones, sin metáforas, sin moralejas. Ese tablero pide no ser sólo una mesa de paso. Pide ser. Nada más que eso y esperando se vuelve un llanto de cemento, una señal que ignoré tanto tiempo y ahora no puedo esquivar.

Hay una frase hecha que suena muy linda y dice que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Lo que todos voluntariamente pretenden ignorar es que también se puede ser prisionero de lo que se calla. Al caminar por la plazoleta pensé en ese tablero y fue recién unas horas más tarde que entendí que allí había dos tableros, que el principio de mesa entre uno de los pares de butacas eran los resabios de un tablero arrancado (imposible que se haya roto). ¿Quién lo habrá escuchado a ese tablero? ¿Habrá pedido auxilio para sí mismo o también para el otro tablero? ¿Por qué alguien creyó que arrancarlo era la solución? ¿Estará el salvador jugando al ajedrez en tu casa? ¿Efectivamente se lo puede llamar salvador? Creo que no entendió el pedido, seguramente lo escuchó pero no sabía qué era el ajedrez y eran tiempos sin google, al llegar a su casa no recordó la palabra ajedrez y entonces decidió aliviar las penas del tablero violentamente. O quizás no, tal vez no fue un gesto poético sino un asesinato que una persona cometió para dejar de escuchar al tablero.

Un amigo me hizo llegar una frase durante una charla, él no la recordaba bien así que no hay chances de que sea exacta porque será mi recuerdo (intentando ser preciso) de un recuerdo (que es imposible que sea preciso) y si pusiera comillas sería un farsante: Cuando los jugadores se hayan ido, cuando el tiempo los haya consumido, ciertamente no habrá cesado el rito. Es casi temible la frase, sin jugadores el tablero sigue ahí, sin piezas sigue ahí, el rito que quizás nunca hubo no ha cesado pese a que en este contexto nunca comenzó.


La apatía que sufre el actual solitario tablero se corporiza, me afecta, tengo un miedo aterrador cuando paso cerca, creo a veces que me va a gritar su pena o que la va a cantar en forma de tango. En otras ocasiones me parece que me va a susurrar una palabra al oído, una palabra que despierte un huracán en mí. Incluso llegué a creer que alguna vez, tras pasar por ahí, me habló lo suficientemente bajo como para asegurarse de que no lo escuchase. Estoy esperando el día, cuando pase le voy a contestar que siento su pena y que no sé si la comprendo pero la vivo, la sufro. Aunque de gestos está hecha la vida y quizás pueda evitar que me grite algún día.  Yo voy a ir a jugar al ajedrez ahí, ¿quién juega conmigo?

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".