Anhelo de espejismos

encuentros y desencuentros en Fugas y obsesiones
“Amar la trama más que el desenlace”
Iba todos los días por ahí. Él la esperaba, pero le hacía creer que era un encuentro azaroso y la acompañaba en su camino, unas breves cuadras hasta llegar a su trabajo. Al principio los encuentros duraban poco, se le acercaba y luego se alejaba. Iba tratando de conocerla gradualmente, al comienzo la seguía desde lejos y se aproximaba por segundos. Después la distancia se fue acortando y la espera a ella no le parecía tan espontánea, aunque seguía aceptando su compañía furtiva sin dar vuelta la cabeza (aunque sentía su presencia).
Ella subía al tren San Martín en Sol y Verde. No le importaba si sentaba o no. Era de esas mujeres que podrían viajar en el estribo pero decidían no hacerlo. Era de esas personas que miraban a los ojos a los vendedores ambulantes y no podía comprarles nada aunque quisiera. Era de esas que movían levemente la cabeza al son de la música de un celular ajeno y de las que no se alarmaban con un estruendoso y casi dulce estallido de vidrio en las vías.
Lo único que él sabía con certeza de ese viaje, que para él no tenía comienzo, era el destino: la estación de tren de Chacarita, en el barrio que más conocía, el lugar que lo había visto nacer y crecer en sus calles acogedoras, donde siempre encontraba una mano amiga circunstancial para poder subsistir. Lo único seguro en su vida era que alguien iba a aparecer, nunca se sabía quién, cómo, cuándo ni dónde. Tal vez por eso cuando empezó a ver que ella tenía una rutina que se cruzaba con su camino empezó a pensar que quizás había algo más para él, algo desconocido, inquietante y al mismo tiempo anhelado que tendría que tratar de descubrir.
Él de chico supo lo que era el amor, pero luego la vida le presentó a las tragedias y a la soledad compartida. Con el tiempo fue curándose u olvidando, que son casi sinónimos. Él no recuerda las primeras veces que la vio. Para él, el primer día que la vio fue cuando notó que la veía pasar siempre y sintió todo el aire rodear su cuerpo. La miró pasar y se calmó, sin entusiasmo, podía ser una confusión, era mejor esperar para ver si efectivamente ella pasaba por ahí y no era un desvío casual o una trampa de su mente. Cuando pasó al día siguiente, él no se atrevió a mirarla fijo y paseó su mirada por ella como si de mirar al sol se tratara. 
Pasaron varias semanas hasta que se animó a seguirla. Fue clave una sonrisa que ella le regaló. Sin importar cómo estuviera el día, él la esperaba. No tengo la capacidad de poder describir la alegría que él sentía al verla, quizás le daba la seguridad que nunca había tenido, a lo mejor le hacía pensar en otras vidas posibles, tal vez simplemente le daba una anécdota para contarle a sus compañeros en la plaza.
La seguía de cerca y empezaron a intercambiar miradas y ella cuando estaba de buen humor le hablaba con ternura, le hacía preguntas. No todo era tan lindo para él, también ella solía estar apurada y algunas mañanas le gritaba o lo ignoraba completamente. Él se preocupaba porque ella lo conociera de a poco, para ver si podía lograr una mejor vida en su compañía.
Un día todo cambió, pero cambió de la peor forma, como cuando se anuncia primero que algo cambió y luego se explica el cambio. Mutuamente se habían ganado cierto merecido cariño, pero una mañana ella y él se equivocaron por no saber entenderse. Ella llegó más tarde, mucho más tarde. Él estaba esperando, bajo la lluvia, la misma atención de todos los días. Ella casi que corrió al trabajo, él la corrió detrás y le bloqueaba el paso juguetonamente. Una barrera se cruzó, un límite de los que no se vuelven. Todavía lo recuerdo con dolor, lo recuerdo como si nunca hubiera pasado, como si en realidad mi imaginación hubiera completado el vacío. Se le hacía tarde para el trabajo, entonces ella lo agredió y él emitió un sonido que mezclaba incredulidad y queja. Él la dejó seguir y ella se fue al trabajo sin mirar atrás, insultándolo.
El fin de semana ella tuvo que trabajar y no lo vio en la estación, pero no le sorprendió. Él ya había entendido la frecuencia de su recorrido, su rutina nada secreta pero que a él le costó descifrar mucho, incluso pasó varios fines de semana esperando en vano hasta aprender un poco lo que es el tiempo (sabía desde siempre lo que era el espacio).
Llegó el lunes y ella había pensado en él, esperaba verlo y que con una mirada todo fuera como al comienzo, sin la necesidad de que haya un pedido de disculpas de por medio. Cuánta culpa sentía, hasta se la veía caminar con remordimiento y podría decirse que casi arrepentida de no haberse arrepentido aquel día y en ese preciso instante.
Ella trató de seguir con su rutina. Sin embargo, algo le faltaba a su vida. Empezó a pensar cada vez más en esos momentos furtivos compartidos. Los recuerdos no le servían, no le alcanzaban. Nunca sirven los recuerdos cuando los errores son frescos y se podrían haber resuelto con simpleza. Es el paso del tiempo y la inmovilidad lo que los complejiza.
Tenía la costumbre de llegar apenas tarde a todos lados, así que no podía dedicarle tiempo a buscarlo en sus apuradas mañanas. Pero al ser golpeada por su ausencia, después de cada día de trabajo recorría Chacarita buscándolo, aunque sin saber qué le diría si lo llegaba a encontrar. Confiaba en que en el esperado momento la espontaneidad le jugara a su favor.
Hacía mucho que no se sentía tan frustrada. Hasta parecía una frustración exagerada por momentos, a veces hasta daba un poco de gracia ver cómo la quería esconder y no podía porque miraba, miraba y miraba intentando encontrar lo que ya había perdido. Es muy triste perder algo sin saber que uno lo ha perdido, que ya no es y nunca volverá a ser, como cada momento diario que se nos escapa de las manos sin siquiera pensarlo. Es que si lo pensáramos sería más difícil todo.
Entre que bajaba del tren y llegaba a su trabajo no existía nada más. No había trenes, andenes ni terraplenes. No había personas, no había autos, no había miradas, no había bocinas, no había cemento, no había empedrado. Sólo había una búsqueda. Él sabía su camino, si no había vuelto era una elección, pensaba para convencerse a sí misma de olvidarlo, pero era en vano. Ahora le pediría perdón de rodillas, le diría que quisiera volver el tiempo atrás, no haber hecho nunca lo que hizo, quería invitarlo a Sol y Verde a vivir con ella.
Al principio la angustia la molestaba, le estorbaba. Luego la inundaba. Finalmente la ahogaba. Empezó a llegar tarde al trabajo para tener más tiempo durante el día para buscarlo. Parecía una historia de cuentos olvidables en los que suele pasar lo que todos creen que va a pasar: en el momento de mayor tristeza y arrepentimiento aparece la luz al final del túnel, junto con algunas frases hechas que terminan la historia.
Ella lo encontró. En uno de sus recorridos matutinos, ignorando los llamados de atención de su jefe (y los llamados al celular), lo encontró. Estaba en un parque muy cerca del cementerio de Chacarita. Ella se quedó contemplándolo y él todavía no la había visto. Ella pensó en qué decir y se dio cuenta que lo mejor era no decir nada y correr hacia él. Él se dio vuelta al escuchar el golpe de las zapatillas de ella en el cemento. Cuando ella estaba por abrazarlo, él la mordió.

 

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".