Cuatro cucharas y un funeral

Cuatro cucharas y un funeral. Fugas y obsesiones

“Tratando de lucirse, un chancho puede comer jamón (siempre revelamos a lo que estamos sometidos)”

El “Ring Raje” es una broma muy inofensiva. La víctima pierde solamente algunos segundos de su valioso tiempo, pero su vergüenza permanece en el anonimato, en tanto que el victimario gana en carcajadas y además hace un nada despreciable ejercicio aeróbico. Sin embargo, existen otras travesuras que pueden derivar en grandes conflictos.

Los hermanos Dani y Jaime, de 15 y 13 años respectivamente, vivían felices junto a sus padres y su abuela en un edificio en Núñez. Solían jugar a esconderle sus pertenencias a Rubén, el encargado, dejándoselas en otro lado y riéndose a escondidas del mal humor que esto provocaba en él. Una tarde, en un descuido, lograron sustraerle su inmenso manojo de llaves. Después de meditarlo, decidieron que en vez de escondérleselas sería más provechoso usarlas para ingresar en algún sector prohibido del edificio. Sin pensarlo demasiado, posaron su mirada en la llave que tenía pegado un pequeño papel gastado donde a duras penas se leía la palabra “Baulera”.

La baulera representa el lugar más inaccesible de un edificio, descender a las profundidades, un lugar subterráneo al que uno entra más alerta que nunca, con un indescriptible temor a que la puerta se cierre y un villano anónimo lo deje encerrado. Es el espacio físico elegido por los roedores para refugiarse en las ciudades y por la gente como tacho de basura de muebles viejos, reposeras oxidadas, bicicletas en desuso y bolsas con contenido tan variado como descartable, que les gustaría tirar u olvidar pero no se animan por creer que alguna vez necesitarán algo de lo que ya ni siquiera saben que se encuentra ahí.

Cuando los hermanos lograron superar la oscuridad inicial y acostumbrarse al olor tan característico, penetrante y difícil de definir que tienen las bauleras, se encontraron con un paraíso: cuatro bauleras con sus puertas entreabiertas, sin ningún tipo de candado de seguridad.

La idea que se impuso fue la de mezclar las pertenencias entre las cuatro bauleras. Si bien algunos objetos eran imposibles de movilizar, todas las cosas trasladables sin gran esfuerzo fueron rotadas. Latas de pintura, varillas, herramientas, cajas y demás pertenencias fueron cambiadas de lugar. Más de cuatro años transcurrieron hasta que un vecino notó un faltante en sus posesiones y algunas cosas que no le pertenecían. Se elevó el problema al consorcio y se convocó a una imperdible reunión. Descartada de plano la hipótesis de un robo y, dándose cuenta de lo que había acontecido, los cuatro damnificados consideraron que debía contratarse a un mediador para resolver la cuestión. Como en toda convocatoria a los propietarios, no faltó la situación ridícula: una vecina con un bebé en brazos gritaba ofuscada: “claro, para esto sí hay plata, pero para climatizar la pileta no”.

Ya con el problema circunscripto a sólo cuatro propietarios, el mediador comenzó con la ardua tarea de realizar el inventario de las bauleras. Entrevistó por separado a cada uno de los propietarios y fue definiendo quién era el verdadero dueño de cada cosa. Después de un mes, se les presentó la lista tentativa de bienes y sus propietarios para lograr las firmas de los afectados y la posterior redistribución para recomponer la situación original. El conflicto se acentuó porque Juana, recién divorciada, con dos hijos y heredera de un millonario negocio inmobiliario, la más pudiente de todos los vecinos del edificio y una de las damnificadas, proclamó que se había olvidado de algunas cosas que según ella de manera deliberada se habían atribuido sus vecinos y contrató a un abogado, quien mediante cartas documento intimó a los vecinos a reconocerle a Juana la propiedad sobre los bienes en cuestión.

Al sentirse amenazados por los malos modos de Juana y su abogado, Victor, Marisa y Carlos, los otros tres vecinos involucrados, decidieron juntarse entre ellos. Carlos abrió la discusión diciendo irónicamente sobre Juana: “cuidá el peso, que los millones se cuidan solos”. Marisa tomó la palabra y dijo, cargada de ironía y rabia, que no pensaba regalarle absolutamente nada a esa “Doña Florinda sin rulero”, pero finalmente Victor, tomando una posición más conciliadora, terminó convenciendo al resto de que lo mejor era ofrecerle a Juana el 75% de lo que estaba reclamando, aunque esto no sea justo ni equitativo, con tal de resolver el pleito pronto y poder continuar su vida sin la preocupación de estar lidiando con abogados desagradables y personas desagradables.

Juana aceptó de mala gana la propuesta y se juntaron en el hall del edificio para sellar el acuerdo y repartir los bienes. Al ver Juana que Marisa estaba retirando cuatro cucharones que estaban en una caja, exclamó: “esos cucharones son míos, no me interesa el del mango de madera, pero no te permito que te quedes con los otros tres, ladrona”. Marisa, visiblemente consternada, respondió “claro que no, son todos míos y no voy a regalarte ni una más de mis cosas, ¿vos qué te pensás? ¡Todos sabemos que te llega mensualmente el sobre del banco de Suiza y encima querés sacarme lo poco que tengo!”

La situación se tornó incontrolable y los presentes no reaccionaban ante el asombro. Mientras ambas mujeres se insultaban y la violencia verbal escalaba, Marisa deslizó su mano dentro de su cartera. Tomando fuerzas, dijo con calma “¿sabés qué falta en tu cocina? ¡Un Tramontina!”, mientras con un movimiento rápido, frío, preciso e implacable clavó un cuchillo en la yugular de Juana. La lamentable llegada de la muerte apenas demoró algunos segundos.

Los deudos se dieron cita la noche siguiente. Sentados en primera fila, los hijos de Juana, cuya etapa de bromistas era un lejano recuerdo de un pasado mejor, analizaban sin mucho conocimiento los arreglos florales enviados por amigos y allegados, ponderando a los que habían invertido más en expresar sus condolencias. Escasos minutos después, discutían en voz baja, casi inaudible pero en tono firme, sobre el reparto de las propiedades y los negocios de la familia.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".