El arte de morir

Cuando asesiné a mi querido padre, todos en la familia sonrieron y enseguida escondieron la mueca. Mi padre falleció con alegría. Puedo aseverarlo porque nos miramos a los ojos y por primera vez vi que me miró con orgullo. Pero no dejaba de ser una muerte que afligía.
En los periódicos se habla de los asesinos como gente que habría que estudiar porque poseen un defecto en los genes. La ciencia debe analizar a los asesinos para poder descubrir qué tienen en común y comprender si un bebé crecerá para matar gente o no (y actuar en consecuencia). Mi caso es diferente.
Vivir en París en esta época y con la posibilidad de dedicarme al arte brinda una buena perspectiva de la posición económica de mi familia. Estuve en los mejores talleres de pintura y pinté bajo las órdenes de personas legendarias (me da un poco de pudor mencionarlas). 
Estoy muy agradecido con mi padre. Me dio la mejor educación y desde niño me puso el pincel en la mano. Intentó sin frutos enseñarme. Fue un gran pintor, muy reconocido, y también valorado como crítico de arte y coleccionista. Digo fue porque hace una semana vi sus ojos por última vez.
De niño, mi padre me miraba esperanzado. Con los años, esa esperanza se convirtió en vergüenza, miedo y tristeza. Hice todo para complacerlo, participé de todos los eventos, modifiqué innumerables veces mis técnicas de trabajo y también las temáticas que trataba. 
A nadie le gustaban mis pinturas. Vendí algunas, pero los compradores querían congraciarse con mi padre más que disfrutar mi arte. Porque era arte, sin dudas lo era y el tiempo lo demostró. Tal vez estuve unas décadas adelantado. O atrasado, es difícil de determinar. Según mi padre, siempre estuve a destiempo pero el problema no era de la época. A veces él era un poco duro, aunque a la luz de los hechos entiendo que siempre me quiso.

Recuerdo a la perfección la conversación que tuvimos el sábado pasado.
-Está decidido, Jean Paul, después de cenar me asesinarás.
-¿Qué está diciendo? ¿Acaso se ha vuelto loco? 
-No. Por el contrario, estoy planificando el futuro familiar.
-No quiero escuchar –dijo mi madre y se retiró de la mesa.
-Es la única manera de que tengas éxito en el arte y además engrandecerás mi legado. 
-No entiendo, padre.
-Subiremos a mi alcoba y me ahorcarás. Yo estaré recostado y no me resistiré.
-¿Es esto una prueba? ¿Usted quiere ver si tengo coraje? 
-Dejarás de ser una vergüenza para mí y para tu madre. Me darás la satisfacción de asesinarme
-¿Y qué hago después?
-Confesarás. Tendrás tus cuadros listos para vender. Irás a la cárcel. Tus pinturas serán recordadas y mi prestigio artístico será inolvidable.

Me puse a llorar, pero me calmé al ver cómo me miraba mi padre. Tenía que hacerlo. Imaginé que pasaría la vida preso, pero habiendo hecho las paces con mi padre. Con toda mi fuerza puse las dos manos sobre su cuello y empecé a hacer presión. Él parecía relajado, como durmiendo. Era algo placentero para él. Mordí fuerte mi lengua para lastimarme y me sangró mucho, pero al corazón no se lo engaña con dolor físico. Abrió los ojos justo antes de morir. Sentí que con la mirada me decía que sí, que estaba bien.
Estoy en prisión hace unos días y los críticos ven en el cuadro que pinté con la sangre de mi padre el quiebre en mi carrera. Dicen que el futuro es mío y que hasta mis nietos serán millonarios por el valor de mi arte. Aseguran que, dentro de unos años, pegar esos ojos muertos y complacientes en un cuadro será visto como el primer acto de vanguardia de la época.

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Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.