El empleado

Trabaja desde hace más de cuarenta años en el Organismo. Acaba de recibir una medalla como homenaje y vuelve caminando a su escritorio. Mira a sus compañeros, que hace un rato lo saludaron pero ya volvieron a su rutina. Decide abrir el cajón derecho del escritorio y guardar ahí la medalla, junto a una gran cantidad de folios, tijeras y distintos tipos de pegamentos. Todos están sin abrir, en su empaque, como si hubieran sido recién comprados.

Es el primero en llegar. Todos saben que a las ocho de la mañana él entra a trabajar. Si puede, está unos minutos antes en su escritorio.

Cuando empezó a trabajar tenía algo más de veinte años. Ingresó al Organismo y le asignaron la labor de recortar la información que publicaban los diarios. Tenía que seleccionar lo que pudiera llegar a ser útil para la toma de decisiones en el Organismo.

Al principio el presidente se acercaba hasta la oficina del nuevo empleado para buscar los recortes del día, debidamente acomodados en folios y encarpetados. Además, el empleado comenzó a documentar en un cuaderno la fecha, el medio y el título de la publicación.

Después de ver los recortes, el presidente le enviaba un memo escrito por su secretaria comentándole brevemente su opinión sobre el material. El presidente también leía todas las publicaciones, para evaluar el criterio del recién llegado. En ese momento eran siete empleados y supervisaba todo.

A las pocas semanas el presidente estuvo conforme con el material recibido y dejó de leer los diarios. Al mismo tiempo, el empleado empezó a calificar de cinco a diez la relevancia de las noticias en un cuaderno. Meses después, la secretaria del presidente pasaba a buscar los recortes de los diarios que había hecho el empleado. Luego de algunos años, el empleado comenzó a alcanzarle la carpeta a la secretaria del presidente, porque ella ya no pasaba.

Hoy hay casi mil personas trabajando en el Organismo. Hay cuatro personas entre el rango del empleado y el del presidente. Descendió en la escala con gradualidad, constancia y hasta perdió su oficina.

Hace algo más de cinco años, el empleado dejó de darle la carpeta a su jefe. El jefe ni siquiera lo advirtió. En ese momento decidió digitalizar sus cuadernos. Renglón a renglón, dato a dato, los pasa a un archivo de Excel apenas termina de guardar los recortes del día en carpetas.

A veces se escuchan gritos en el sector de trabajo. Los compañeros le piden los diarios al empleado y él se niega a prestarlos. Intercambia  insultos y malas miradas. Ellos quieren leer las noticias y él recortarlas.

Casi con fervor religioso, el empleado recibe los diarios de la mano del guardia de seguridad. El guardia de seguridad solo se los entrega al empleado y a cambio recibe los suplementos deportivos y la contratapa de Diario Popular.

Los compañeros están un poco cansados de escucharlo. Saben que el día de pago se retira diciendo “me voy a buscar una loca, hoy estoy lleno de platita”, estirando la i hasta niveles intolerables.

Cuando le hacen un pedido que se escapa a su principal tarea, amenaza con otra frase de cabecera: “Un día de estos agarro el bolsito, cruzo Paseo Colón y me mando a mudar”.

Entre los compañeros hacen apuestas. El premio principal es para el que lo hace gritar. Solo una vez alguien lo ganó y le pagaron el almuerzo por un mes. El motivo de disputa fue el aire acondicionado. El empleado necesita que haga frío extremo en verano y calor intenso en invierno. Consiguió el poder del control remoto cediéndole La Nación, antes de recortarlo, a alguien del sector Servicios Generales. El empleado sabe que puede confiar, que el diario le volverá sano.

Su escala de valores es simple. Divide a la gente entre educado o maleducado, dependiendo de si lo saludan o no. Una compañera que confesó que le da asco saludarlo y es entendible. Después de drecorte del empleado fugas y obsesionesarle un beso se va rápido y el empleado comenta: “qué linda esta pollita, está para peculiar… ja, delgadita, jovencita, blanquita, tiernita”. El empleado dice esta misma frase, con algunas variantes, cada vez que una mujer pasa por la oficina.

Hace dos años el Organismo le hizo una fiesta de despedida. El empleado se iba a jubilar. Fue una fiesta muy especial, hasta invitaron a su esposa. Hubo hamburguesas y choripanes. El empleado se emocionó mucho y hasta lloró.

Todos creyeron que había sido su último día de trabajo, pero después de tantas décadas usó algunos contactos y consiguió seguir trabajando. Cuando alguien le recuerda que ya está en edad de jubilarse, el empleado dice otra de sus frases de cabecera: “Y… sí, pasaron tantos años que, bueno, ya es momento de descansar”.

 

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.