El hippie nazi

 El hippie nazi. Fugas y obsesiones. Cuento. Relato. Historia
“Violencia es mentir”
Hay situaciones que sólo suceden una vez. Uno puede perseguirlas y buscarlas siempre y que nunca sucedan. O tener la suerte de buscarlas tanto que pasan una vez. O por el contrario, puede ni siquiera pensarse en la posibilidad de que existan y que finalmente se den. Pero, sea como sea, hay momentos que son únicos en la vida. Uno se da cuenta cuando los está viviendo y lo único que debe hacer es dejarse llevar y tratar de disfrutarlos lo más posible o sufrirlos lo menos posible más allá de cómo terminen.


A metros de mi edificio siempre hay un grupo de cuatro personas en la calle. Bueno, siempre no, pero los he visto de día, de noche y de madrugada, compartiendo mates y cervezas, por lo que temporalmente puede decirse que siempre están ahí. Charlan y juegan al truco. Sí, juegan al truco recostados en la calle o sentados en el escalón de un edificio. Es una actitud rara, entre simpática e ingenua, entre admirable y estúpida.
¿Puedo decir que son hippies? No con certeza. Sólo se visten con ese estilo. Son tres hombres y una mujer. Lo único que tenían al comienzo que llamaba mi atención era que estaban ahí y que con frecuencia uno de los hombres, que generalmente iba rotando, le acomodaba o arreglaba las rastas a ella.

Luego de verlos varias veces, fui recordando sus caras, sus cuerpos y sus miradas. Ella era una mujer que parecía que nunca hubiera sufrido. De los tres, dos tenían caras inexpresivas y otro tenía cara de loco. Ella era flaca y de estatura media, 1,50 tal vez, era de esas mujeres muy abrazables. Uno era muy alto, de casi dos metros, y completamente desgarbado, uno podría pensar que en un temporal fuerte le costaría caminar contra el viento. Los otros dos eran grandotes de cuerpo, pero uno era alto y el otro bajo.

Después de tres meses, en mi cabeza ya conocía sus horarios y supuse que ellos conocerían los míos, aunque enseguida creí que era algo soberbio pensar eso. Ellos eran los que estaban siempre ahí, yo sólo era una humanidad efímera entre tantas que pasaban.

Nunca habíamos intercambiado palabras y las miradas que intercambiábamos eran furtivas e indiferentes, casi que no decían nada, lo que es difícil de lograr con una mirada (siempre algo delata). Un día pasé y me pareció escuchar un murmullo. Me quedé pensando si realmente había escuchado bien y si esas palabras eran para mí. Tranquilamente me lo podrían haber dicho, pero supongo que, si así había sido, lo habían dicho en un modo supuestamente hostil, con intenciones ofensivas o de hacer una declaración.

No me preocupé. Si volvía a creer escucharlos, no me iba a quedar callado. Al día siguiente salí a la calle sin tener nada que hacer, sólo quería pasar por ahí y ver qué pasaba. Fuera lo que fuera, estaba decidido a afrontar la situación.

-Eh, ruso, saliste temprano hoy – dijo el desgarbado.
-¿Cómo ruso?
-Si sos un judío de mierda, mirá esos rulos – aclaró el más bajo de todos.
-Ruso de mierda las pelotas, imbécil – contesté envalentonado. De cierta forma estaba esperando la confirmación y me quedé parado, quieto.

La mujer y el otro hombre que no había hablado empezaron a pararse y les sugerí que era mejor que se quedaran sentados. Insólitamente me hicieron caso.

Uno dijo que si seguía pasando por ahí la cosa se podía complicar. Le contesté que me iba a ver todos los días y pensé que a fin de cuentas eran cuatro giles, que si eran personas de temer lo hubieran demostrado con alguna amenaza fuerte o con alguna acción y no sólo con palabras que ellos consideraban ofensivas. Me cuestioné por discutir con gente descerebrada, pero ya estaba hecho.

Pasaron varios días sin cruzármelos. Al principio eso me aliviaba, todos nacemos cobardes y demoramos décadas en cambiar. Sin embargo, empecé a inquietarme y a ponerme ansioso, quería cruzármelos nuevamente sólo para ver cómo reaccionaban ellos y cómo reaccionaba yo.

Un día iba caminando por la vereda de enfrente a la de mi edificio y los vi. Crucé para pasar junto a ellos y cuando estaba a unos metros vi las cartas de truco tiradas en el suelo y a ellos tres levantarse. Algo iba a pasar, eso era lo único seguro.
La distancia se iba acortando mientras ellos iban extendiéndose a lo ancho de la vereda y yo no detenía mi marcha. Cuando estuvimos cara a cara, a menos de un metro, frené y me quedé mirándolos. Ellos hicieron lo mismo, nadie decía nada, como si ser el primero en hablar implicara una segura derrota pese a que ninguno de los cuatro lo entendíamos. Quizás por eso la que primero habló fue la que no iba a participar.

-¿Y? ¿Vienen hablando hace varios días de lo que van a hacer y ahora se quedan callados?

Ellos seguían en silencio y yo tenía que mantener la imagen desafiante que había forjado ante ellos con premeditación.

-¿Qué quieren hacer?
-Te vamos a robar, así aprendés.
-Para robarme me van a tener que cagar a trompadas y están ahí parados. Eso no va a pasar.

Se estaban jugando otras cosas más allá del robo, nos estábamos poniendo en un plano de igualdad, yo con unos idiotas y ellos con alguien al que consideraban que había que discriminar. Se acercaron. Por dentro estaba asustado.

-Si no me van a pegar, córranse, déjenme pasar y no me vuelvan a hablar.

Se quedaron en silencio de nuevo, pero sin correrse. Estaba claro que eran simplemente unos imbéciles antisemitas, pero que no eran ladrones.

No quiero agrandarme y decir que quise hacer un experimento sociológico porque no fue así, pero me intrigaba ver hasta dónde iban a llegar esos tres desconocidos.

El flaco sacó un cuchillo y me lo mostró mientras me decía que le diera la plata. La cosa empezó a ser seria, pero tenía muy vivo el recuerdo de la última vez que me robaron: el cuchillo estaba besando mi remera a la altura del estómago y no era simplemente exhibido como una amenaza, era muy real, el miedo me paralizó en esa oportunidad. Ahora el miedo me motivaba, no era miedo a que me roben, quería ver qué era lo que podía pasar.

Dije que no y el flaco me pegó una piña en el estómago. No había sido tan fuerte y no había usado el cuchillo. Los otros dos dieron un paso para atrás. Ya conocía a mi verdadero rival y al no reaccionar le demostré que no iba a jugar en su patético juego.
No seguí provocándolo pero no le di nada. Sabía que un escape sería algo de lo que no me podría recuperar. Los otros tres ya no existían. Uno se había sentado con la chica y el otro no sabía qué hacer.

Estábamos cara a cara. Él mostrando que no era quien decía ser y yo mostrando ser alguien que no era (mi ventaja era que sólo yo lo sabía). Sus ojos no me decían nada, aunque quizás yo no podía leerlos bien porque muchas veces necesito ayuda con las lecturas faciales, es algo que tristemente se me escapa pero aprendí a vivir con eso.
Estábamos cara a cara. Él diciendo amenazas que no iba a cumplir y yo sin decir amenazas pero aparentando que estaba dispuesto a ir hasta el final. Él no sabía cómo seguir. Los otros tres lo miraban y no sabían qué esperar ni qué decirle. Estaba confundido y yo no daba un paso (ni para atrás ni para adelante).

Estábamos cara a cara. Me daba un poco de pena. Lástima no me daba, lástima no se le tiene a nadie dijo un filósofo contemporáneo. Me daba pena porque, pasara lo que pasara, después de eso él ya no sería el mismo y tendría que mirarse cara a cara con la mentira que había construido y aceptar que se la había creído. Él ya no sería el mismo y yo sería el de siempre.

Podríamos haber estado así un tiempo más. Ya no estaba en juego la plata, la calle ni nada que se le pareciera. No era nada físico. Lo que estaba en juego era completamente simbólico y por eso era mucho más importante y no podíamos salir de ese atasco. Propuse una salida saludable y dirimir lo que él no entendía que estábamos discutiendo con una partida de truco. Éramos dos castillos de naipes frente a frente y el viento sólo derribaría a uno.

Hacía frío y la vereda estaba helada. Nos sentamos frente a frente en el escalón de un edificio. Él había recuperado la serenidad y se mostraba confiado. Hacía comentarios soberbios a su grupo, que parado se dedicaba a observar. Ninguno de ellos entendía la ironía. Acordamos que sería a 30, como el verdadero truco se juega, sin flor, y que no habría revancha.

Empecé a mezclar con mucha calma y me detuve para contar que estuvieran las cuarenta cartas. En las primeras manos se notaba un miedo a perder por parte de los dos. 

Cuando íbamos 7 a 7 cantó envido y yo dije real envido. Con 31 derroté a unos tibios 26. Me puse 12 a 7 pero lamenté no haber echado la falta. Las cartas estaban de mi lado y las sabía aprovechar. Estaba ganando 3 buenas a 13 malas cuando la mujer del grupo se fue. Él pareció confundido ante la partida de ella.
Me ganó un quiero vale cuatro con un siete bravo, desenmascarando mi mentira (la del truco, no la de minutos antes). Estábamos 4 a 2 en las buenas y no hubo momentos memorables. Dejé de recibir buenas cartas y como soy un jugador mediocre él se puso 10 a 8 arriba, empezó a decirme que ya estaba liquidado y pensó en una apuesta para hacer.

Apostamos que si él ganaba yo siempre cruzaría la calle ante su presencia. En cambio, si yo ganaba él no podría sentarse más en esa calle. Pensé que la situación era igual a la del comienzo, cuando nos conocimos. Tenía que aprovecharlo.

Envido y truco no querido. 10 a 10. Necesitaba a la suerte de mi lado o envalentonarme. Mentí con el envido que él no quiso y acepté el truco que él gritó (lo gritó con sospechoso ímpetu) y terminé ganando con un dos. Iba ganando 13 a 10 (o 28 a 25). Ahora sí pude leer su mirada, miraba sin mirar, examinándose a sí mismo por dentro, yo estaba a dos puntos de hacerlo chocar contra sí mismo.

Recibí 32 para el tanto. Tenía un punto casi asegurado. Lo canté y él no quiso. Instantáneamente cantó truco, sin que hubiera cartas sobre la mesa. Dije quiero y jugué un 3 que él mató con el ancho de basto. Pensé que no tendría nada más, pero jugué callado matando la segunda y dejando otro tres sobre la mesa. Estaba listo para festejar, pero él puso el siete de espadas sobre la mesa y quedamos 14 a 12.
En la siguiente mano, en la que esperaba tener para el tanto o para el truco, me decepcioné apenas vi mis cartas. Lo único que esperaba era que él no cantara el envido para que sólo me ganase un punto. Efectivamente no lo hizo y cuando dijo truco me fui al mazo. 14 a 13, tan cerca y tan lejos a la vez.

Nuevamente tuve las tres cartas en la mano. No quedaba tiempo para mentir, era la hora de la verdad. Sin dudarlo, pero en voz muy baja, dije falta envido. Él dijo quiero, no tenía otra alternativa, y yo canté 29. Él tiró las cartas al piso y se paró con una furia que hasta ahora no le había visto, quizás si hubiera tenido esa furia desde el comienzo este relato no hubiera existido, la situación original hubiera durado segundos.
Imaginé que él ya no recordaría desde cuándo se estaba mintiendo a sí mismo, me di cuenta que me resultaba increíble que él creyera que por ganar un partido de truco podía tener razón, que la discusión era la misma y no había cambiado. Me levanté, lo miré fijo y le dije que no quería verlo más ahí.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".