El mundial del granadero Paul

Él sabía que ese tipo iba a venir de nuevo caminando por las calles de Londres. Tenía que pasar por ahí. Sea por orgullo o para hacerse el canchero de alguna manera. “Ahí viene ese argentino hijo de puta. Todo el mundial estuvo rompiéndome las bolas. Y yo acá, parado como un poste, sin poder contestarle, sin poder decirle nada”, pensó Paul, que era miembro de la Guardia Real de Gran Bretaña.

Pasó por primera vez a charlar un domingo por la mañana. Charlar es una manera de decir. Los guardias no pueden contestar. Paul no le había prestado atención hasta que Luis se acercó y se presentó. Le susurraba palabras al oído. Su inglés era precario, pero se hacía entender. Y a John le dolía cada palabra que le decía ese petiso de pelo corto.

“Dos a uno con Italia, dos a uno con Italia. Ni Dios va a salvar a la reina. Pirlo los sacó a bailar”, le dijo Luis con lentitud. Paul no se movió. Ni siquiera lo miró de reojo, pero el argentino sabía que el mensaje estaba dado y que seguro volvería después del debut del equipo de Sabella.

Luis buscó al guardia que había conocido el domingo pasado y al lado de él empezó a hablar: “¿Lo viste a Messi? Hasta ustedes los ingleses le hicieron una canción, te querés matar. Sabella no tomó la pastilla y salió a jugar con cinco defensores, pero Messi le hizo los cambios y ya está. Ahora Uruguay les gana y van a estar todos llorando. Nosotros vamos a golear a Irán y lo vas a ver por la tele”.

Paul tenía sentimientos, pero los tenía que ocultar. Era un fanático hincha del Liverpool y lloró cuando Suárez hizo su segundo gol faltando pocos minutos para que terminara el partido. Tenía una leve esperanza de que Luis se hubiera olvidado de su existencia, pero se equivocó. “Este argentino de nuevo, ojalá que pierdan con Irán para que no lo vea nunca más”, pensaba mientras recibía las burlas por la derrota de la selección inglesa.

“Me viene a burlar y sufrieron con Irán”, se dijo a sí mismo John para tranquilizarse, mientras el argentino le comentaba: “Casi perdemos con Irán, estaba puteando a todos pero Messi es nuestro, es nuestro viejo. Defendemos muy mal, nos agarra un equipo serio y nos mata, pero hoy la tenés adentro”. Después se fue gritando por las calles “you´ll see Messi, he´ll bring us the world cup, Maradona is bigger than Pelé”.

Después del partido de Nigeria, Luis apareció riéndose: “Ni te vine a ver antes, muy bueno el empate con Costa Rica, se van con la frente alta jaja. ¿Nos viste con Nigeria? Sí, defendemos mal, nos llegan y es gol, pero cuando vamos para adelante te llenamos la canasta. Si hasta Rojo se luce, que mirá que lo insulté eh”. A Rojo, Luis le decía Red.

Día a día, Paul cumplía con su función con orgullo. Todos querían sacarse una foto al lado de ese guardia colorado y pecoso, con cara de gordo y cuerpo de flaco. Paul vio el partido de Suiza y Argentina con una sonrisa y soñando con qué chiste le iba a hacer a Luis. A los 117 minutos, Di María hizo que el inglés pusiera la cabeza entre sus rodillas por tercera vez durante el mundial.

La sonrisa de Luis se veía desde lejos y también su camiseta blanca y celeste reluciente. Después del ya clásico gaste, el guardia se quedó solo y murmuró por lo bajo “no aguanto más a este soberbio. Pido un cambio de puesto, si pasan los cuartos de final pido que me cambien de lugar”.

“Ganaron un mundial en el 66 porque nos robaron a nosotros, sino seguirían siendo vírgenes. Qué desastre que son ustedes y nosotros ya estamos en cuartos”, fueron las palabras de Luis que se clavaron como puñales en el cuerpo de Paul, que sin darse cuenta se encorvó un poco, quizás como intentando esconderse.

Paul sufría. Se lamentaba mucho. Amaba el fútbol y, al enterarse de que Suárez se iba del Liverpool pasó a odiarlo junto con el resto de los ingleses que lo detestaban incluso antes de Uruguay-Inglaterra. Tuvo que trabajar durante el partido de Bélgica y Argentina, pero le pidió a un amigo que pasara por el palacio y le indicara con un gesto cómo había sido el resultado. El pulgar abajo que le mostró fue un golpe en el alma. “Si pierden en semifinales, juro que cuando lo vea le grito todo lo que pienso en la cara”, pensó Paul. No quería decirle nada sobre Argentina. Quería decirle todo lo que pensaba sobre él.

Luis pasó rápido y le susurró “tuviste suerte colorado, hoy estoy apurado pero después de que le ganemos a la mentira de Holanda voy a salir temprano solo para charlar con vos. Uhhh, cuando seamos campeones me vengo con una silla y me pido el día libre en el trabajo”. El argentino no se dio cuenta, pero por primera vez Paul torció la cabeza y lo miró con una furia indescriptible.

El inglés cerró los ojos varios segundos cuando escuchó al argentino llegar tarareando una canción y lo vio bailando en plena calle. Con un tono sobrador, le explicó: “¿Te lo dije o no te lo dije? Dale, decime que sí con la cabeza, sabés que te lo dije. Hasta Beckham dijo que hinchaba por nosotros y vos con esa cara de estatua ni te animás a responder. Sabella es un ajedrecista, un estratega, un docente. Vamos a tomar una cerveza a la noche y te explico lo que es el fútbol. Ustedes lo inventaron y no saben jugarlo. Nos vemos coloradito, nos vemos el domingo”.

Cinco segundos hermosos y cinco segundos de mierda vivieron Paul y Luis. Fue un suspiro. Higuain corrió hacia la eternidad y abrazó la gloria y en esos segundos el argentino gritó casi sin creerlo “ganamos, somos campeones, somos campeones”. Al mismo tiempo, el inglés pensó “renuncio, me voy a trabajar a otro lado porque cuatro años así no aguanto”. Cuando el director de cámaras se dispuso a hacer tardíamente su trabajo, la imagen del juez de línea con la bandera levantada invirtió el estado de ánimo de los dos.

Paul festejó con un salto y mucha cerveza el triunfo alemán, pero sus amigos lo miraron y le dijeron: “no queremos que gane a Argentina, pero peor es hinchar por estos que nos ganan siempre, si ganan este mundial ya tienen cuatro”. Preparó su discurso, aunque tenía miedo de la reacción de su rival. Sabía que quizás lo despedirían, pero su bronca ya había madurado y era el momento de la venganza. De todas maneras, no sabía si Luis aparecería, quizás no volvería a pasar por allí y lo dejaría con las palabras en la punta de la lengua para siempre.

Al día siguiente, al inglés le costaba concentrarse. Miraba para todos lados. Esperó con paciencia y cuando lo vio a lo lejos empezó a preparar su discurso. Iba a escupir lo que había tenido guardado durante todo el mundial. Luis se acercó con lentitud y tambaleando. Llevaba la camiseta de Argentina puesta, pero tenía varias manchas y dos agujeros. Sus ojos estaban hinchados y llevaba entre los labios los restos de un cigarrillo ya fumado.

Paul lo miró a los ojos. Abrió la boca como para devolver todo lo que había acumulado en casi un mes, pero antes, con la voz quebrada, Luis le dijo “hola, perdón” y el aliento a alcohol que emanó casi lo hace vomitar. Se quedó boquiabierto observando la derrota en el cuerpo de una persona. Entendió lo fácil que hubiera sido para Luis no aparecer por ahí. Lagrimeando, se fundieron en un abrazo.

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