El observador en el balcón

“Una madrugada en el balcón te acompaña sin pedir perdón, las ventanas van llamando a la mañana y se ríen en el rojo de este sol”.

Balcón,1945

Empieza pensando en disfrutar o en olvidar. No se puede distinguir a simple vista, pero ahí está en soledad. Al principio se siente incómodo. Cambia de posición en la silla y mira un segundo para cada lugar, no sabe para dónde mirar.

Se siente algo asqueado por una sensación anaranjada que lo inunda y hasta le da una leve culpa. Está pensando en olvidar y salir del paso, el apuro lo condena.

Entra y sale. Es la primera vez que se levanta y lo hace muy rápido, casi no había estado ahí. Vuelve con un vaso y parece más relajado, empieza a mirar por segundos a los diferentes lugares.

Una fiesta lejana con cumbia de la década del noventa le saca una leve sonrisa, sobre todo cuando todos cantan las canciones a los gritos. Imagina los amores y desamores que se estarán empezando a tejer únicamente con un intercambio deliberado de miradas.

Sigue mirando y el resto de los departamentos aparentan estar ausentes, aunque se trata en realidad de entender esas ausencias vedadas, esas presencias apenas simuladas, escondidas a la vista de todos. Hay oscuridad y luces que se alternan azarosamente y pueden querer hacer creer que es una noche desierta pero él sabe que es un engaño.

El leve viento es permanente. Ayuda a armar la imagen de monotonía que todos construyen hacia el exterior y no ven en sí mismos. Las cortinas se mueven suavemente, los toldos están casi inmutables. Analiza la antigüedad de cada lugar forzando la vista y viendo la cantidad de polvo que albergan los toldos. Piensa que tal vez sean el elemento que más coherencia tiene con el juego de oscuridad y luces.

Vuelve a entrar y se escucha el chirrido de un freezer. Nuevamente está afuera. El sabor anaranjado ya no es ni un recuerdo y disfruta de los otros sabores, que se equilibraron. Murmura algo así como que su amigo se lo había predicho pero no imaginaba algo así. Si mis cálculos no fallan, todavía podrá entrar una vez más y salir a sentarse.

Un celular suena. Suena de diferentes maneras, pero él está convencido de que es el mismo celular porque su mirada amenazante apunta al mismo lugar. Hace hipótesis sobre quién es el dueño del celular y por qué no atiende ni responde. Está sumergido en esa adivinanza cuando pasa a otra.

Sobre la pared de enfrente, un imaginario teatro de sombras se proyecta mientras se escucha la risa avejentada de los artistas, que arriesgan nombres de obras de teatro que, por la expresión de su cara, él no conoce. Quiere jugar pero no puede.

Unos metros hacia la derecha, enfrente, una pareja cena. Parecen estar viviendo un muy buen momento. Tienen el rollo de servilletas desenrollado sin motivo alguno, ya que tienen el servilletero ideal.

Continúa observando la disimulada vida, la deliberada desolación y se hace preguntas en la cabeza. Se las repite pero son pensamientos que no llega a formular con palabras. Son el acostumbramiento y la inercia, piensa en la diferencia entre el sabor que está sintiendo y en lo que será mañana para todos.

En ese balcón se niega a seguir su vida, desea detenerla un instante. Parece estar pensando en eso que está haciendo, pero enseguida se abstrae con el ruido del agua que llena una pileta improvisada para gambetear al calor. Los niños gritan de manera muy aguda pero a él no le importa (y el resto de las personas no se entera).

Alguien empieza a cantar tangos. Tiene que ser un cantante, porque la voz atrapa el oído del observador y también el mío. La voz le hace abandonar sus laberintos mentales. Al principio le agrada pero después siente que ese tango le roba toda la noche, incluso tapa la televisión de fondo que hace parpadear la cortina. La voz se apodera de la noche y la lleva a un terreno estético. Meramente estético.

Entra y sale. El cantante sigue en lo suyo hasta que termina con la nada, presentándose y sonriendo. En realidad adivino que se presenta y se sonríe, porque es exactamente lo opuesto a lo que expresa el observador, que está enojado y aliviado.

Los televisores titilan salvajes. Imponen un ambiente tan común como imperceptible. Quizás él sea el único que ignora ese latir electrónico.

Mira enfrente. La pareja sigue cenando, ya están por el postre. Las servilletas están desacomodadas y, comprendo muy bien por qué, él grita: “¡acomoden esas putas servilletas de una vez!”. Una cabeza se asoma por una cortina para identificar quién gritó. La pareja no se inmuta.

Las luces continúan prendiéndose y apagándose con desinterés, combinación perfecta de egoísmo y armonía. Una mujer reta a su perro, que estaba en el balcón. Tal vez ella cree que estaba coqueteando con el suicidio y de ahí los gritos inentendibles que terminan con un “¿¿¿me escuchaste???”. El perro no responde, ni siquiera se mueve.

Ahora sólo se ven las piernas de la pareja que estaba cenando. Él es un short azul y ella es una bermuda de tela multicolor. Van y vienen y por la postura de las piernas se puede ver que discuten. El observador también lo ve y adivina una especie de danza o baile ritual en ese ir y venir y sabe que se reconciliarán.

Una escoba golpea un metálico balcón. Alguien limpiando en la noche choca contra sí mismo, al igual que lo hacen otros que no están limpiando.

Él eructa fuerte. Nuevamente observa una cabeza entre las cortinas, que al sentirse mirada se esconde velozmente. Cree que alguien lo espía, dos veces mira al mismo lugar y la cortina se cierra repentinamente, simulando haber sido movida por el viento.

Ahora el eructo es tímido. El leve flameo de la cortina es inconfundible para los dos. En su mirada parecen estar las frustradas ganas imposibles de seguir no siendo, aunque sea un rato más sin ser observado.

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