El poema inexistente

Para Fugas y obsesiones, el poema inexistente
Estaba en la facultad vacía, hablando con algunos pocos desconocidos que la habitaban en plena soledad, a la que contribuí al pasar sólo un rato. A metros, frente al Naval Hospital, la clase acontecía en un clima de cuasi normalidad, de acuerdo a lo que me contaron.  Yo simplemente tuve que pasar por ahí y me encontré planificada y fortuitamente con una amiga a la que tenía que devolverle un libro. Me explicó rápido y riéndose que los enunciados del profesor eran fatalistas y volvió a la ronda improvisada sobre el pasto. Otra vez los cuentos de viejas de barrio, los fantasmas inventados, las catástrofes imaginadas, los cuatrimestres siempre en riesgo de perderse, pensé. El miedo moviliza a las personas más que nada. No tiene relevancia preguntarse si está bien o mal, sino cuáles de los pasados posibles perdimos en el camino y cómo se recupera.
Decidí seguir caminando después de ver la semi clase. Imágenes se fueron sucediendo ante mí, como si hubiera estado predestinado a ver todo lo que voy a relatar, como si el tiempo se apropiara de mi cuerpo para hablar. Son tantos años pasando cerca del Parque Centenario, rodeándolo. A las 23 parece una sombra gigantesca y su hermosura se esconde hasta el amanecer si es que uno lo mira desde cien metros. Si uno se acerca verá que el panorama es distinto, pero nadie piensa en las paradojas de ser y parecer. Tantos años pasando cerca del Parque Centenario, pensaba. Entonces, mientras me iba caminando, decidí dar media vuelta y atravesarlo. Siempre se produce conocimiento. La disputa por el conocimiento es colectiva y cotidiana, dentro y fuera de las instituciones.
Perros por doquier. Alegres, contentos, tranquilizadores, incluso más de uno atento al partido de fútbol que los chicos del barrio disputaban, esos partidos donde a fin de cuentas nunca importa quién ganó porque al día siguiente hay revancha. A paso lento fui caminando, mirando pero desatento, las escenas fueron obligándome a detener mi vista, sacándome de mi estado de preocupación por el compromiso ausente de la mayoría de los estudiantes. Cerca de una de las entradas, un grupo de personas mayores jugaban al tejo en una cancha (si es que se dice así) de arena hecha especialmente para eso. El aroma a porro le daba un aspecto irreal a la escena del tejo. ¿De verdad están jugando al tejo en el parque? No se veía a las personas que estaban fumando y tampoco había algo más importante en esos segundos que arrimarle al bochín. Vuela, tejo atemporal, vuela, tejo eterno, arrimale al bochín.
Gritos de alegría. Otro partido de fútbol. Este es más familiar que el anterior, grandes y chicos juegan en una canchita improvisada sobre el cemento, los buzos hacen de poste mientras la infancia se viene a mi memoria, las peleas con mi hermano por los goles escondidos. Vuelvo. El fútbol nos define y nos identifica, incluso quienes lo detestan quedan definidos por su oposición al fútbol, si leen esto verían que la contradicción es frustante para ellos porque no pueden escaparle a definirse por la negación y en la falsa dialéctica terminan perdiendo creyendo que ganaron.
Decir que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos es un lugar harto común, casi que repudio. Pero lo cierto es que el verde, los árboles y las flores llenaban los sentidos, eran el contexto perfecto de ese descontexto de tarde/noche de martes. Los patos y las palomas convivían cerca del lago en inusual armonía. Blancos unos y negras las otras. Una lección para los ignorantes que ya explicó Seinfeld y por eso no me voy a extender, una lección desapercibida por supuesto. Pero me adelanté, es mi batalla permanente, casi siempre perdida, contra mis deseos de poder escribir algo digno. Y yo no quería escribir esto, yo quería hacer un poema. Entré al parque, cierta parte de mí se alegró al ver el parque por dentro con un panorama muy diferente al de un domingo por la tarde.
El inicialmente imperceptible ruido de la calesita iba creciendo junto con mis pasos. Esa mezcla de música que no es música con ruido que no es realmente ruido conformaba un sonido atractivo, casi cómico. Se ven parejas, el amor no puede estar ausente en un parque. Algunas hablan, otras se besan. Hay una pareja que discute junto a un árbol, la chica le niega un abrazo que apuesto a que en un minuto le dará, pero en mi memoria quedará la pareja disruptiva para siempre. No vi la cara de ella, no recuerdo la de él. No me interesan las farsas y es la única que conté hasta ahora, así que me quedo con todo los demás. La mayor farsa es pensar que hay una ecuación simple, como quieren hacernos creer los marketineros del apocalipsis. Me pregunto si habré ocultado inconscientemente otras farsas, o si alguna de las realidades que veo son efectivamente farsas y no lo sabré nunca.
Pasé la calesita, un monstruo cansado moviéndose sigiloso con tres o cuatro niños y niñas que disfrutan con sus madres. Me intrigó un ta-te-ti de madera muy grande que vi al lado de una garita. Pensé en acercarme y no pude, no tenía sentido, el ta-te-ti perfecto había sido formado. Se veían claramente las tres cruces en la fila de más arriba, seguro el ganador utilizó el viejo truco de comenzar con una cruz en una esquina y luego colocó otra justo en diagonal a esa para que su contricante, habiendo puesto un círculo en el centro, mordiera el polvo. Es equivalente a hacer que queden dos pares de palotes juntos en filas diferentes para tener a nuestra merced sin importar lo que desee tachar el eventual rival.
Llegué al lago. Un estudiante leía con un rostro preocupante, era la definición de lo que es la desesperación. Abajo una familia nuclear alimentaba a las palomas. Me niego a calcular cuántas palomas había, no quiero mentir pero era tal cantidad que parecía haber una alfombra negra y blanca rodeando a la familia. No es para menos, eran los únicos que en el parque alimentaban a las palomas, pero no todas iban, algunas se quedaban chamuyando con los patos. Esas palomas luchaban por una migaja, una migaja puede ser una migaja para alguien y el oro para otro.
En mi mente sabía que iba a escribir esto. Bueno, mejor dicho sabía que no iba a poder hacer lo que quería y que el resultado sería algo similar a esto. Es por eso que dije “no seas boludo” cuando pensé en ir al anfiteatro vacío y robarle toda la espontaneidad al relato. No fue difícil resistirme, encontré las palabras perfectas. Una mirada más aquí, otra más allá, los autos estacionados en la salida, el barro de la noche anterior donde dos perros juegan, un taxista sumergido en el capot de su coche esperando no sé qué milagro realizar. Tan efímeros, tan simples y complejos, estoicos resisten, tan eternos como alguien alguna vez dijo que juzgaba a Buenos Aires. Los puestos de venta de libros nuevos y usados me dicen adiós mientras cruzo Patricias Argentinas.
Ni siquiera hoy puedo escribir un poema y tengo que limitarme a estas líneas desorganizadas. Es que para mí una persona viviendo es un poema. Hay poemas increíbles, mediocres y muchos que no deberían haber sido escritos con autores que hoy deben estar arrepintiéndose de sus creaciones al no poder matarlas. Al final, es un orgullo mi poema inexistente. 
*la imagen fue tomada prestada sin consentimiento del blog No damos cátedra.

 

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.