Enroque

Imagen que ilustra el texto Enroque

 

Solía sentarse en la arena y contemplar el mar durante horas, sin moverse,  buscando detalladamente el lugar exacto en el que el cielo y el agua se unifican en el horizonte. Yo lo veía mientras pensaba en cuántos poetas soñarían con ver esa imagen para escribir una pieza exquisita que les otorgue la inmortalidad.

La primera vez que lo vi me pareció una persona común y corriente, pero tras imaginar que quizás esos granos de arena ya esperaban su presencia, empecé a verlo de manera distinta, alguien con una labor desconocida pero impostergable, tal vez para todos tan imprescindible como ignorada. Meses después, supe que su nombre era Claudio y que era rengo, el poético bastón era una necesidad para él. Admito que eso me decepcionó brevemente. Había nacido en New York y nunca me dijo cómo llegó a esa lejana costa uruguaya.

Para bien o para mal, no me corresponde a mí evaluarlo, tardé en acercarme a él. Me gustaba describirlo en mis pensamientos como un hombre que se sabe superior pero juega a ser inferior. ¿Qué puede pensarse de alguien que todos los días contempla lo que él contemplaba? Simplemente tenía todas las características para ser catalogado como un espejismo, pero los espejismos definitivamente no pasaban tardes enteras hablando conmigo.

Llenó mi vida de reflexiones. Cada tarde estaba ahí, en esa misma posición, como aguardando mi arribo con una mezcla de resignación y alegría. Solíamos quedarnos charlando de nimiedades hasta que, por azar o por la determinación de él, llegábamos a conclusiones que yo creía que valía la pena que fuesen escritas.

Me comentó que toda su vida había sido un solitario. Me confesó que una sola cosa hizo que su vida valiera la pena y que por eso ya no temía a la muerte. No especificó a qué se refería y no me animé a preguntarle. Me dio un libro. Lo guardé en mi mochila creyendo que muy pronto Claudio me contaría de qué se trataba todo esto, imaginé que era su libro favorito. Lo puse en mi biblioteca sin siquiera mirar el nombre del libro y quién era su autor.

Al día siguiente, fui al lugar de encuentro, pero no volví a verlo más. Un día de ausencia puede ser una excepción, dos días son un hecho irrefutable. Desesperado, regresé a mi casa y leí el libro. Ahí él había escrito que desde hacia medio siglo se sentaba en la costa, frente al Atlántico, esperando que alguien apreciara su gesto poético, su heroica persistencia, su victoria o su derrota diaria, efímera, que comenzaba constantemente (por no ser injusto y decir que no culminaba nunca). En la última página escribió que se suicidaría cuando alguien entendiera su proeza cotidiana, su hazaña, su existencia. El libro se llamaba Posando para los ciegos, sordos y mudos. La dedicatoria estaba fechada catorce años atrás, pero era asombrosamente acertada: “Al que no fue ciego, sordo ni mudo. A mi verdugo”.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.