Flor arrancada

Arranca flores de un jardín de una casa. No es en su barrio, ahí no puede porque no hay jardines. Ni flores. Camina por la calle como si no tuviera rumbo, aunque sabe a dónde tiene que llegar.

Cuando sale de su casa, va mirando los negocios que están empezando a abrir. A veces cruza unas palabras con gente del barrio y se queda unos minutos ayudando al panadero a ordenar su negocio y descargar el camión que llega todas las mañanas. Como recompensa, puede elegir varias cosas ricas para llevarse e ir comiendo en el camino.

Arma su recorrido diario por los jardines que más le gustan. Hace unos meses vagaba y daba vueltas manzana buscando nuevos, pero la demora en llegar a su destino repercutía en el resultado final. Ahora suele hacer desvíos, pero como mucho de una o dos cuadras por día.

Todos los días pasa por la misma escuela unos minutos antes de que terminen de entrar los alumnos. Se sienta en unos escalones enfrente. Le sorprende el ruido que hay en ese momento y cómo el silencio se apodera de todo cuando suena el timbre. Se pregunta qué pasará ahí dentro y a veces habla con algunas madres, pero suelen contestarle con evasivas y esquivarla rápido.

Sabe que no puede pasar por los mismos jardines arrancando flores todos los días. Por eso suele arrancar una o dos flores en su camino. A algunas les habla, les aclara que las va a pasar a buscar otro día. A otras las miro fijo.

En su caminata, que es casi un ritual, pasa por un vivero y por dos florerías. Las mira con algo de pena, creen que están presas ahí, esperando un milagro que no va a suceder, destinadas a marchitarse ahí o donde el destino las lleve.

Trata de que las flores del día sean del mismo tamaño, para que sea cómodo llevarlas en su mano pequeña. A veces busca colores parecidos. Si agarra más de dos, en uno de esos días de excepción, prefiere que sean de colores diferentes.

Después pasa cerca del cementerio de Chacarita. Una sensación que no consigue descifrar la invade y apura el paso para bordear esos muros altos y descascarados. Ya en esa zona la empiezan a saludar por su nombre y le dicen cosas lindas.

Cuando elige la flor, mira a su alrededor y si no hay nadie estira su brazo, toma con su mano el tallo desde lo más bajo que puede, para no dañar las hojas, y la arranca de un tirón. Retoma su caminata, recorre con su índice y con su pulgar el tallo desde abajo hacia arriba y desde arriba hacia abajo varias veces mientras se aleja del jardín. Toca las hojas con suavidad, de manera casi imperceptible, para sentir la textura. Casi como un ritual, acerca su nariz a la flor (nunca la flor a la nariz) e inspira con todas sus fuerzas. Recién ahí, sonríe.

Cuando llega a la estación Lacroze del subte B, pone en una bolsa de naylon la flor o las flores que haya recogido y las deja en un rinconcito de la estación por donde la gente no pasa. Son sus flores y no quiere que sean de otro.

Luego empieza a recorrer los vagones con una mezcla de timidez y simpatía casi siempre ignorada. Mira a la gente y pide una ínfima ayuda. Te mira a vos. Vos mirás un punto fijo donde no hay absolutamente nada. Es el famoso punto fijo que permite vivir en sociedad, no invadir los espacios que son de otro, no incomodar, no ver nada excepto de reojo, no sentir. En fin, el punto fijo que hace tolerar lo intolerable.

El recuerdo de su recorrido matinal se va borrando cuando pasa el mediodía y tiene hambre. No puede gastar lo que consigue. Casi siempre sale a la calle en la estación Callao y se sienta en su esquina de la suerte porque generalmente alguien le regala algo de comer, cerca de las 15. Sabe que hasta la noche no va a volver a su casa y necesita fuerzas para seguir. Por la tarde intenta darles la mano a las personas después de saludarlas. Ya está acostumbrada al rechazo.

Continúa paseando por escaleras, pasillos, vagones y líneas de subte. Vuelve a la estación Lacroze, ya derrumbada en un asiento. Antes de salir a la calle pasa por el rincón donde todos los días deja ilusionada su bolsa con flores. Llega sin expectativas, comprueba que las flores no están y apura el paso para llegar a su casa antes de que se haga de noche.

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Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.