La hora de la revolución

Ilustración de revolución para Fugas y obsesiones
Camino a la parada por Ghandi, calle astuta pero en un sentido negativo, que no hace justicia a su nombre. Apuro el paso sin ningún motivo y rápidamente llego a Warnes, la cruzo y a lo lejos veo venir el colectivo. A las ocho de la mañana de un lunes no se corre un colectivo, es cuestión de principios, a esa hora no hay nada cotidiano que no pueda esperar. Me pasa por al lado mientras mantengo mi orgullosa marcha que no sucumbió ante la necesidad innecesaria que todos sentimos.

“La revolución es un sueño eterno” es un libro de Andrés Rivera. Hace poco un amigo me habló de ese libro, le había gustado mucho. Desconozco si la frase es del autor y tampoco alcanzo a darme cuenta de si es maravillosa o triste. Con vergüenza fingida aclaro que no leí ese libro. La teoría de Karl Marx está basada en el concepto de revolución, pero no como sueño eterno sino como inevitable realidad. Si no hubiera sido tan terminante en algunos conceptos, Marx sería Gardel y no Lepera. Porque la leyenda es Gardel. Lepera, genial letrista, murió en el mismo avión y en el mismo segundo, quizás, que Gardel y yo no he visto muchas estampillas de Lepera. Seguramente Marx jamás sospechó que su confianza en sus contemporáneos y futuros se le volvería en contra, por esa confianza invisiblizó obviedades que tendría que haber explicitado y así tenemos a una parva de parvos hablando de lo que no saben hablar y a muchos escondidos con un indescriptible miedo de ser parte y no haberse dado cuenta.

Sin dudas, no se corre un colectivo a esa hora. Hay tantas dignidades que dejé en el camino, ésta no será una de ellas nunca, es quizás mi reserva moral. Pero cómo molesta esperar y al mismo tiempo pensar “y si hubiera corrido…”. Esa sensación es la que destruye a las personas minuto a minuto, pero por cosas más importante que viajar al trabajo.

La revolución proletaria era lo porvenir. Ya había sucedido la revolución burguesa y acá es que empiezo a pensar que el concepto está completamente malparido o al menos un poco malparido. Es que se asocia a la revolución con lo que sucedió en Francia, una clase burguesa rebelándose simplemente para poder usufructuar las ventajas del naciente capitalismo. Similares ejemplos pueden encontrarse en el mundo, hablando de la revolución por la patria o tantas falacias, ya que los revolucionarios dejan de serlo después de que hacen la revolución. No hubo realidad eterna, quizás por eso lo del sueño eterno.

Es la esquina de los múltiples semáforos. Ya le tengo el ritmo tomado. Cuando veo pasar un 55 por esa calle, puede ser que el 15 esté por aparecer por la avenida. Después de que pasa el 92 empieza a abrir el semáforo y a esperar nuevamente que el tránsito de esa diagonal me anuncie el semáforo en verde a casi 200 metros de donde estoy, una invisibilidad que alcanzo a vislumbrar si la sincronización funciona.

En muchos libros y mediante un número de autores que no es infinito pero al igual que el infinito es imposible de saber donde termina, podemos entender qué significó revolución anteriormente, quiénes la quisieron hacer, quiénes la hicieron, cuáles fueron sus resultados. Hay una elíptica infalible en el concepto de revolución y es que las revoluciones que se desarrollan resignifican el concepto de revolución. Lo resignifican para peor, de manera que cuando hubo una revolución, una revolución que empezó y terminó (porque no hay de las que duran), al volver a mencionar la palabra se carga de un nuevo sentido vinculado a esa revolución que pasó. Y es así como década a década y siglo tras siglo la palabra se fue bastardeando. No, es un error usar esa palabra, década a década y siglo tras siglo la palabra fue ganando un sentido distinto.

Todas estas cuestiones recorrieron mi mente durante meses. Creo que el principio de este relato lo escribí muchas veces en el colectivo o antes de irme a dormir, mirando el techo oscuro. En mi cabeza era perfecto, cada palabra tenía su lugar adecuado, no había ni una coma de más ni un recurso utilizado en vano, ni siquiera existía un párrafo comentando sobre el proceso de la escritura. Siempre escribo bien en mi cabeza, o es lo que me digo a mí mismo como consuelo al ver mi lucha por plasmarlo. Y eran eso, cuestiones, cuestiones que pensaba, que conseguía meter en conversaciones para ver si podía robarme un pensamiento, un sentimiento o una frase. Dicen que la realidad a veces lo supera todo y viví una situación que me hizo entender a la perfección el sinsentido.

Un colectivo lleno y un colectivo vacío son dos universos opuestos, prácticamente mundos paralelos. En un colectivo repleto puede suceder cualquier cosa, hay hechos que se repiten y que podemos adivinar antes de que pasen. Y otros que son únicos, que sólo se dan en ese aquí y ahora que acontece una sola vez. Demuestran a veces lo peor de los seres humanos (y lo mejor también).

Con el 15 tengo una relación rara. Lo odio, pero cuando lo critican mucho me escucho defendiéndolo. Ese día subí al que iba a Pacheco porque estaba justo con el horario. Sin dudas prefería el de Estación Rivadavia, que con su insignificante vacío me permitiría sumergirme en mis pensamientos y sentarme, objetivo terrenal y ladino al que no podía aspirar en el ramal de Pacheco. Si hubiera tomado el de Estación Rivadavia todavía estaría escribiendo en mi cabeza (y atascado tres o cuatro párrafos más atrás).

Luego de escasos minutos, el colectivo se detuvo antes de cruzar Corrientes. Ya no quedaba más lugar para que subiera gente, pero esto es por la inexplicable ineptitud de la mayoría de las personas que en los colectivos súper bajos deciden que es mejor amontonarse en el medio antes de ir para atrás, perjudicando a todos los que quieren subir, que no pueden acomodarse. En una clase de la carrera de Comunicación, en el 2006, un profesor pretendió iluminarme sobre este asunto. Hablando de distintas prácticas sociales y costumbres, ejemplificó: “La gente no sabe viajar en los colectivos nuevos. Pero van a ver que en cuatro o cinco años ya no van a quedarse en el medio. Es Garfinkel puro”. Un lustro después, espero con fervor que su profecía se cumpla para poder decirle que el tiempo le dio la razón. A Marcelo Bielsa y a este profesor los separa un abismo.

Volviendo a aquella mañana, una mujer, desde la vereda y pugnando por subir, solicitó de una forma un poco abrupta al conductor del 15 que pidiera que la gente se corriese. El conductor le respondió “¿cierro la puerta y esperan otro?”. Pude ver perfectamente a esa mujer con cara de amargada gesticulando y pensé “viene uno de esos momentos que a los colectivos vacíos se les escapan”.

La señora estaba literalmente colgada de la puerta y, con gente detrás suyo esperando y con el 15 detenido, gritó: “Vamos, córranse que todos tenemos que viajar”. En ese momento no sabía que pronto alguien me regalaría las palabras que tantas veces estuve buscando en lugares equivocados. El silencio fue el clásico silencio de colectivo matutino, sólo roto por algún incauto que gritaba con su celular. No puedo describir ese silencio como bello, es un silencio apático pero que hoy recuerdo segundo a segundo y al evocarlo lo disfruto, todos mirando al frente tratando de entender lo que pasaba o esperando ver qué pasaría. La mujer insistió y gritó “viajamos todos o no viaja nadie, no me bajo y nos quedamos acá”, a lo que otra mujer, desde el primer asiento, levantándose un poco, en una posición intermedia entre estar parada y sentada, levantó su brazo derecho, que movió rápidamente mientras retrucó aún más fuerte e inexplicablemente con más furia: “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana”.

¿Qué significa hoy la palabra revolución? No lo sé, pero me lo pregunto. Igual lo que más me preocupa es qué pasó para que una frase como “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana” tenga sentido en vez de hacernos reír a carcajadas. Lo único que puedo hipotetizar es que hoy por hoy revolución no significa absolutamente nada, entonces qué sentido tiene hacer algo que no significa nada a las ocho de la mañana. Yo me reí solo, el colectivo no. La mujer subió, no tuvo que esperar otro, jamás pude comprender si hubo o no revolución según aquel punto de vista tan peculiar.

O no es así, me equivoco, no es así. En realidad lo que quiso decir en el colectivo, sacando el autor del quijote que hay en mí, al exclamar “flaca, no te vengas a hacer la revolucionaria a las ocho de la mañana”, es que no hay que hacerse la revolucionaria sino que directamente hay que serlo, que no hay que pretender sino hacer. Y es precioso el detalle de las ocho de la mañana, quiso dar a entender que cuando empieza el día es cuando más posibilidades existen de pensar en un horizonte diferente. ¡Qué osadía! ¡Qué gesto estético tan digno de ser disfrutado!

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.