La loca del colectivo

Hace unas semanas, una mujer en el colectivo 19 robó el asiento que me correspondía. Estábamos parados muy cerca y me daba la sensación de que no era una persona normal. Su postura corporal me decía algo que no podía comprender, pero que sin dudas era extraño. Parecía ignorar el espacio propio que las personas necesitan en el transporte público. Ella se apropiaba de mi espacio. Había un hombre sentado que se levantó para bajar, yo estaba parado al lado de ese asiento vacío, de ese oasis, y ella se metió tirándose de cabeza y dejándome en el desierto.

En pocos segundos pensé en varias preguntas. ¿Qué problema tiene una persona que hace eso? ¿Cómo es que no le da pudor? ¿Se habrá dado cuenta de que ni loco le iba a ofrecer el asiento? ¿Viajará muy lejos? Luego dejé de pensar porque tenía una interferencia: la mujer comenzó a hablar sola y así estuvo todo el viaje. Parecía no tener un filtro, decía todo lo que pensaba, como “qué chofer forro, va muy rápido” o “¿me olvidé el papel?”. Enseguida lo buscó con desesperación y luego se tranquilizó: “acá está el papel, lo traje, ¡geniaaa!”.

Desde ese primer encuentro poco feliz, viajé varias veces con ella. Me parecía una pobre mujer que está un poco desquiciada. Sus susurros me incomodaban. La gente solía alejarse de ella, se formaba una especie de vacío a su alrededor.

Tiene casi 50 años y suele ir vestida con una remera negra de los Rolling Stones. Usa un bolso grande de Hello Kitty. Su pelo es una maraña de extensos rulos negros y blancos, con algunos casi imperceptibles mechones de pelos violetas y rojos.

Hoy subió al colectivo a los gritos y dejó frases imposibles de olvidar. Al principio se paró en el medio del colectivo, acotó “las veces que fui a la cancha de River a verlos, mi amor” y besó con nostalgia una foto que sacó de su bolso. Luego fue al fondo, desde donde escuché algunos gritos, algunos diálogos solitarios.

-Qué poca onda tienen todos en este colectivo, les digo que fui a ver los Rolling Stones. Qué feliz fui esa noche, me movía por todos lados, Mick Jagger estaba, Ron Wood…

Nadie preguntaba.

-Cambiá la música. Poné música para cambiar la cara de orto, poné los Guns and Roses – le gritó al conductor del colectivo, que no estaba escuchando música (ni siquiera la radio).

Nadie respondía.

-Esto es una remera de verdad, una remera de los Rolling Stones. Escuchen su música pelotuda ustedes. Los Rolling Stones LALALALA BRRRR LALALALA –y agregó otras onomatopeyas irreproducibles.

Nadie la miraba.

-Amo Halloween. Amo la noche de brujas. Ya se acerca y todos nos disfrazamos. Nos mostramos como somos. Nadie se hace cargo. Ni esa con cara de perra, ni la otra con cara de puta.

Todos la escuchaban pero disimulaban incómodos.

La loca se bajó haciendo con la mano el gesto de váyanse a la mierda. Caminó unos metros, se dio vuelta y se tomó con fuerza la entrepierna mientras con la otra mano señalaba al colectivo, para que no quedaran dudas de su intención. Ni a uno, ni a dos ni a tres. A todo el colectivo. No contenta con eso, corrió unos metros, casi hasta la puerta trasera, haciendo cuernitos en su cabeza con su mano, como si fuera un diablo, y sacando la lengua al grito de “ahhhh”.

Me reí. Lo confieso. Luego pensé en algo que me asustó. Ella tiene problemas de salud y una necesidad impostergable de comunicarse, mientras que nosotros, los otros pasajeros supuestamente normales, día a día la ignoramos. Le imposibilitamos cumplir esa necesidad elemental.

Creía que ella estaba loca, como la mayoría debe pensar. Apuesto a que ella nos olvida unos minutos después de bajarse del colectivo, pero para nosotros la loca es una anécdota graciosa que repetimos. En el momento hacemos como si no existiera. Quienes necesitamos más ayuda nunca la tendremos porque no entendemos el problema.

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Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.