La venganza

Dedicado con humildad y admiración a AMVB.

La soberbia del intelectual que se cree superior quedó en evidencia esa tarde, esa arrogancia que le hace estar convencido de que las personas son estúpidas y necesitan ser iluminadas por él (nunca por otros, tampoco entienden).

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Las IV Jornadas de Historia Antigua Oriental estaban llegando a su fin y la expectativa sobre el descubrimiento de Sixto Peralta había crecido junto con el autobombo que él se hacía en los pasillos y por las preguntas hijas de puta que les hacía a sus colegas cuando terminaban sus ponencias. El resto efectivamente lo creía superior hasta ese día.

Desde hacia varios años, cada discurso que daba lo hacía sentir en una nube dorada, con cada palabra se alejaba aún más de su terrenal auditorio, que lo veía despegar en éxtasis. Sonreía levemente y entrecerraba los ojos cuando decía una palabra que suponía que sus colegas deberían buscar en el diccionario. Los que presenciaban sus ponencias también quedaban satisfechos. Cada exposición era una masturbación intelectual para él y sorpresivamente también para su auditorio, exceptuando a los que lo envidiaban y a los pocos que no se compraban el personaje que les estaba vendiendo.

Ese día, como de costumbre, Sixto Peralta se dedicó varios minutos a jactarse de cómo había hecho su descubrimiento, siempre con una ambigüedad planificada, y luego pasó a hablar de las implicancias que tenía. Cada vez que hablaba parecía que estaba cambiando el mundo pero esta vez se escuchaban risas contenidas de dos restauradores, la misma sonrisa que se suele escapar cuando alguien quiere mostrar que conoce mucho a un autor y pronuncia mal su nombre.

El auditorio era una mezcla de admiración e incredulidad cuando Sixto Peralta leyó ese manuscrito hallado que hablaba de otros seis manuscritos perdidos que explicaban lo que realmente había pasado entre Cain y Abel.

Cuando estaba llegando al final, aclaró que las últimas palabras resultaban incomprensibles pero que él creía que eran la clave para encontrar los restantes documentos.Uno de sus restauradores, que estaba esperando el momento ansioso, le gritó: “leé la frase al revés, putito”.

El auditorio estalló en risas cuando Sixto Peralta terminó la dificultosa lectura al revés de la última frase en latín.Se bajó avergonzado del atrío y casi al instante del pedestal que se había construido a sí mismo al ver a su restaurador tirado en el piso de tanto reírse y repitiendo “leyó mi restaurador me cagó, leyó mi restaurador me cagó”.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".