Las horas y los días

Van presos. Los que intentan alterar el orden van presos y está bien. Es lógico. Son las 32:18. Este día de mierda parece que no va a terminar más. Me atrapan sentimientos que no consigo entender. Estaba tan lleno de ilusiones y no entiendo cuándo fue que me vacié. De un día para el otro, empecé a sentir un eco dentro de mí, un vacío sin sentido y que por eso no se puede explicar. En realidad sí sé exactamente cuándo fue, pero no me animaba a decírselo a nadie.

Esperaba ansioso llegar a los 10 días. Hasta ese momento no sabía lo que era el tiempo. Me lo habían explicado una vez, pero no lo entendí. Una tarde mis padres me lo intentaron explicar pero yo no podía entender que en el reloj de mi papá eran las 18:01 y el de mi mamá marcaba las 32:FR. Me contaron sobre el sistema político, sobre lo peligroso que es el tiempo y me aclararon que nunca podría comentarle a nadie lo que me mostraron, porque ellos corrían el riesgo de ser condenados. Mi hermano tenía 12 días y habían pasado dos desde que le habían dado su reloj, pero no me dejaba verlo porque le habían explicado que su vida estaba en peligro si se lo mostraba a un menor.

Desde los 2 a los 9 días escuché en el colegio rumores sobre los relojes. Nadie daba respuestas, pero para ser justos, por lo que nos cuentan apenas nacemos y hasta los 10 días, nadie se animaba a hacer las preguntas.

Para cuando terminé mi educación, ya había creído y descartado decenas de teorías. Cuando tenía 2 días pensaba que el reloj y el tiempo eran en verdad monstruos que te secuestraban si te portabas mal. A los 4 pensaba que era algo de adultos en lo que no me tenía que meter. A los 7 empecé a cuestionar a mi padres, que intentaron explicarme pero sin ponernos en riesgo a todos. A los 8 comencé a odiar a mi hermano, él sabía y yo no. Cuando tuve 9 días y terminé de educarme me revelaron el comienzo.

Me informaron que iban a seguir todos mis movimientos y a evaluar mis decisiones durante un día. Todo un día, pensé, y no lo podría creer. Maldije en mis pensamientos y, como todos los de mi edad, acepté la condición esperando que un día, el equivalente al 10% de mi vida hasta ese momento, pase relativamente rápido. El problema fue que siendo observado y cuidándome ese día pareció en realidad tres días. Porque además debía cuidarme sin que se note que me estaba cuidando, dado que eso generaría desconfianza. Ni siquiera sabía para qué me cuidaba.

Entendía que si no me cuidaba podía ir preso. Una de las cláusulas más relevantes del juramento secreto establecía con claridad que era muy distinto ir preso a los 9 días que después de los 10 días. Nunca lo supe con certeza, siempre por rumores, pero dicen que si uno va preso con 9 ya nadie lo vuelve a ver e incluso se lo borra de los registros, uno podría hasta decir que nunca existió a menos que se detenga a observar la mirada de muerte que llevan los padres durante cada momento de sus vidas.

Cuando llegué a los 10 me dieron mi reloj. Estuvieron presentes en la ceremonia todas las personas que hasta ese momento de mi vida había conocido, incluso gente que casi no recordaba o que ni siquiera sabía que existían. La parte pública de la ceremonia siempre es hermosa y la mía no fue la excepción, el celebrado sabe que todo en su vida empezará a tener sentido y que se terminarán muchos misterios, que quedarán contestadas sus preguntas. Lo que el celebrado no sabe y los asistentes no le dicen es que es una celebración que funciona como despedida pública. En la parte privada de la ceremonia todas las dudas y miedos que creía que estaban por terminar renacen con extrema furia.

El dilema de nombrar lo innombrable es lo que me hace escribir. Hay cosas de las que nunca hablé hasta ahora, pero tengo la tranquilidad de que a la mayoría les sucede lo mismo. Y a lo que no les pasa eso van presos. Los que intentan alterar el orden van presos y está bien.

Es probable que si alguien lee lo que escribí hasta acá crea que ya es suficiente motivo como para que se me acuse de alterar el orden. A lo mejor si lo lee alguien de otro lugar, todavía no entiende nada.

Uno termina con los días entendiendo lo que pasa en esa ceremonia privada. Al comienzo uno cree comprender el universo y es feliz por ser parte. La realidad es que un comité de encapuchados le da a cada nuevo dueño de un reloj un juramento. Hay que estudiarlo y aprenderlo de memoria. Se necesita aprobar el examen para que termine la celebración y el que lo reprueba tres veces debe volver a tener 9 días y empezar el día de prueba.

Cuando salí a la calle nuevamente, con mis 10 días a flor de piel y mi reloj brillando en el brazo, había tomado una decisión de la cual no era consciente. Había decidido que mi hora inicial fuera las 6β:71 y no sé por qué. Confesar la hora inicial de un reloj es uno de los delitos con mayor pena. Esa información sólo la debe saber el consejo de encapuchados y el portador del reloj.

Según los diarios, el promedio de vida de una persona es 53,4 días. El procedimiento es simple, casi obvio. El día es idéntico para todos, esa es la única certeza. Lo que es diferente para todos es cómo se subdivide en horas ese día y cómo a su vez esas horas se subdividen. Los encapuchados saben a la perfección cuándo empieza y cuándo termina el día para cada uno y cómo se cuantifica el tiempo dentro de ese día para cada persona. Una vez por día publican las estadísticas.

Sé que para el que me está leyendo pueden ser las 09:02, pero también sé que si nació en el mismo momento que yo indefectiblemente está por cumplir 53 días, sin importar cómo mida sus horas. Mi día tiene 3 horas y el de él puede tener 109. En el caso de que tuviéramos que empezar a trabajar a las 9 de mañana, según mis cálculos entraríamos con casi 22 horas de diferencia. Hay que pensar esto es así con cada persona que uno se cruza en la calle. Esto es natural para la mayoría de la gente, sea por convicción o porque no quieren alterar el orden e ir presos.

Cada persona puede elegir a cinco personas para coordinarse. El reloj le muestra qué horario es en el tiempo de su propio reloj el de otra persona. Se puede cambiar una persona por día, pero sólo se tienen 31 cambios a lo largo de la vida. Con 10 días uno elige con la cabeza y luego va haciendo los cambios con el corazón. De todas maneras, la coordinación sólo es aceptada por el comité si las dos personas desean coordinarse. Generalmente de esta manera terminan encontrando el amor las personas, casi a manera de confesión desgarradora y humillante. Mi padre vio a mi madre por la calle y se quedó medio día esperando que volviera a pasar por allí. Me dijo que pensó que era más probable que se encuentren una persona en movimiento y una quieta que dos personas en movimiento, que tenía más chances. Le salió bien.

La amistad es fuerte. Uno no puede arriesgarse a intentar coordinar reloj con alguien y no lograrlo, se pierde la oportunidad del día. Me pasó más de una vez de haber arreglado con una mujer que amaba en secreto o con alguien al que creía mi amigo y que luego ellos se decidan por otra persona. Las personas suelen tener entre uno a cinco amigos de acuerdo a la relación que tengan con sus propios familiares.

A mí la felicidad me duró menos de un día. Ya no recuerdo qué hice cuando salí de la ceremonia. Ni al día posterior ni al siguiente. Lo que sí sé es que a los 11 días entendí que era una bomba de tiempo a punto de explotar. “Tic tac” hacía entonces y “tic tac” hago ahora. Mi gran miedo es que no sé cuántas horas tiene cada día de esa bomba y menos aún cómo se cuentan esas horas.

Hace poco hubo un intento de incendio en la oficina de documentación de los encapuchados. Fueron presos y creyeron que la batalla estaba ganada. Sin embargo, fue una maniobra de distracción y los rebeldes consiguieron hacer pública la identidad de los encapuchados. Se rumorea que un encapuchado fue el traidor. No nos llegaron a tomar fotos, pero es sólo cuestión de tiempo para que, al conocerse los nombres, los sincronizados con los encapuchados empiecen a compartir la novedad con sus otros sincronizados y todo se derrumbe.

Ojalá algún día, dentro de muchos días, no haga falta sincronizar relojes con nadie. Imagino qué hermoso mundo es posible, un mundo donde todos podamos hacer lo que el reloj nos dice, las posibilidades que nos plantea sabiendo todos qué es el tiempo. Yo creía que sabía qué era el tiempo. Recién ahora lo sé: el tiempo nuestro es la esclavitud, el reloj subsumiéndonos. El tiempo del futuro será la libertad y quizás haya algún recuerdo sobre mí en ese espacio.

No sé si viviré para contarlo. No es porque ya esté muy cerca del promedio de días de vida. Es porque mi confesión me va a condenar. Los que intentan alterar el orden van presos y está bien, ellos no tienen otra manera de perpetuarse. Pronto me enteraré qué pasa con los que destruyen el orden. Hoy me saco la capucha, la que nunca tendría que haberme puesto, y pido perdón.

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