Mierda o arte

“Están supliendo el amor al arte haciendo palmas a los cantantes”.

Desde que tenía uso de razón, Francisco recordaba preguntar qué había en la habitación prohibida. Creció sabiendo que después de la cena su padre entraba por horas. Lo único que podía ver desde afuera era una luz blanquecina.

la puerta y la mierda. Fugas y obsesiones

Intentaba entrar luego de esos fines de semana donde iban decenas de personas a esa habitación. A los quince años, rompió la puerta y encontró que había otra puerta detrás. Con alegría, su padre vio en la destrucción un deseo y entendió que era el momento de conversar.

-Lo que te voy a mostrar puede cambiar tu vida-le dijo pausadamente. No sé si mi viejo y mi abuelo estarían orgullosos de lo que hago, pero me gusta pensar que sí, que ellos se quedaron a mitad de camino.

-¿A mitad de camino de qué?

-La clave de esto es el tratamiento químico, la documentación y la creación. Bueno, antes de todo eso viene la precaución. Ponete el traje protector.

-¿Podemos entrar de una vez y después me contás? – respondió cortando el clima de instrucción mientras se ponía el traje.

Francisco vio una serie de aparatos. No sabía para qué servían. Imaginó que eran para algún experimento, para curar una enfermedad. Después vio cuadernos apilados y una computadora. Sin saber qué eran, vio gubias, cinceles, gradinas y martillos de diferente tamaño. Su cabeza volvió a girar a la derecha, vio unas esculturas extrañas y no pudo asociarlas a su razonamiento. Fueron unos segundos de entendimiento y nuevamente las dudas.

-¿Qué es eso? ¿es mierda? – preguntó con una exagerada mueca de asco.

-No, es arte lo que hay en esos estantes – dijo el padre con seguridad. La de arriba a la izquierda es una reproducción de El grito. La que está a la derecha es mía y se llama Sinfonía cómica de sentimientos semi frustrados. La de abajo de todo, que es muy ancha, es una reproducción simplificada del Guernica. El que ves sobre el pedestal y vidriado es…

-Es el gol del Diego a los ingleses, algo sé. Están muy buenos, pero parecen ser de mierda.

-Sí, es arte hecho con mierda. Con la tuya, con la mía, con la que me alcanzan las personas a las que les gusta mi obra.

El adolescente miraba a su padre como si fuera un criminal. En esa habitación sólo se oía el aire acondicionado.

-¿Nunca te preguntaste por qué en tu escuela hay inodoros y acá no?

Francisco escuchó pero siguió pensando. No era eso lo que le importaba.

-Hace 9 años que me mandás a escuelas de arte. Leí lo que la crítica piensa de John Duncan y su vasectomía en Blind Date. También hice el seminario de mierda en el arte, nos reímos mucho con todos esos locos.

-No sabés de lo que estás hablando. Hijo, te guiás por lo que dice gente que enseña arte.

-Esto no es Mierda de artista de Manzoni. Esto ni tiene significado, no tiene sentido. Estás loco, esto es un desastre, quién puede pensar que esto es arte.

-La venta de mi Alegoría platónica de la caverna subvertida por la postmodernidad pagó esta casa. Es arte para mí, es arte para mis alumnos, es arte para los que pagan para venir a mis exposiciones y sin dudas es arte para el que lo compra.

Francisco creyó que su padre estaba loco y asoció con esa habitación todas las historias que le contaron sobre por qué huyó su madre.

El padre pensaba que quizás se había apresurado, tal vez su hijo era rebelde para romper una puerta, pero no para cuestionar las jerarquías que había estado aprendiendo durante toda su vida.

Estuvieron días sin hablarse. Ninguo quería dar el brazo a torcer y cada vez que intentaban conversar terminaban discutiendo entre cuestionamientos e insultos. Finalmente, llegaron a un acuerdo.

Francisco se incorporaría a las clases mensuales que daba su padre. Serían cuatro clases y si al llegar al cuarto mes él seguía pensando de la misma manera no se hablaría más del tema.

En la primera clase, el profesor mostró las documentaciones de su abuelo, su teoría sobre qué mierda era la mejor para hacer arte. También habló de los cuadernos de estudios de su bisabuelo, que intentó descubrir cómo sacar el olor a la mierda pero no lo logró.

En la segunda clase, todos los alumnos tuvieron que cagar en un tupper. El profesor fue mirando la materia prima mientras gritaba “el arte soy yo, el arte son ustedes, no necesitamos nada más”. Francisco se ponía colorado, pero veía las miradas de admiración en los alumnos y los elogios que murmuraban sin saber que él era el hijo.

El profesor mostró un aerosol sin etiqueta que quitaba el olor y aclaró que sólo podrían conocer la fórmula química quienes aprobaran el curso. Fue etiquetando los distintos recipientes con el nombre de cada alumno y explicó:

-Esta mierda ya está desperdiciada y lo importante es que entiendan por qué. Ustedes no van a saber cuándo es el momento ideal para trabajarla. Lo que tienen que hacer es ir tomando nota, aprendiendo de su mierda, del estado inicial y de los procesos que va experimentando luego de que se le quita el olor. Llévensela y póngala a 11 grados.

En la tercera clase, cada alumno comentó lo que vivió con su mierda. Todos la habían tirado al inodoro luego de un par de días, excepto Francisco, que había traído su tupper. El padre estaba orgulloso y lo dijo luego de la clase porque en ese momento prefirió hostigar a sus alumnos.

-Todos se guiaron por lo que dije. Había mierda que no tenía manera de llegar hasta hoy, pero la mitad de los tuppers que ustedes se llevaron podían haber sido trabajados en esta clase. Acá no es suficiente con creer o no creer, no es esa la línea que nos separa. La línea que nos divide es quererlo o no quererlo. También hay que estudiar, en los libros que les di está la clave de esto, no lo voy a explicar. Lo aprendí de ahí y ustedes pueden también, si tienen dudas me avisan. Ahora llenen el tupper y en la próxima clase hacemos una exposición con sus trabajos.

La noche anterior a la cuarta clase, Francisco salió corriendo de la habitación y buscó a su padre, a su maestro, para mostrarle su obra. No había hecho tiempo de sacarse los guantes de látex manchados.

-Entendiste todo en cuatro meses. Yo tardé una vida.

Francisco sonrió y dijo:

-Entendí todo, pero no sé si me lo hiciste entender vos.

-Pará, no te hagas el canchero. Yo tuve que retomar investigaciones, vos tuviste todo más servido.

-Yo te voy a jubilar, viejo.

-Primero vas a tener que aprobar el examen anual, sin eso no vas a poder usar más el aerosol. Te aviso que soy yo el que pone las notas.

Algo estaba naciendo y muriendo entre ellos. Ya no serían más padre e hijo. Tampoco rivales. Se miraron a los ojos y entendieron que era un momento inexplicable. Para romper el silencio, juntos agarraron la obra titulada Inodoro y la pusieron encima de Pedestal para la memoria colectiva, la primera obra que vendió el padre y que con los años pudo recuperar en una subasta.

Durante la muestra de la clase, los alumnos iban y venían por el cuarto haciendo comentarios. Inodoro despertó elogios y críticas y se armó un feroz debate sobre el real sentido. Unos creían que era sublime, otros que era una burla. Algunos criticaban su literalidad, mientras que unos pocos veneraban el nivel de circularidad de los significados.

Cuando todos se fueron, el padre le dijo a Francisco:

-Mi primera obra en realidad fue una puerta que tenía cadenas y a la cual mi viejo, mi abuelo y yo estábamos encadenados. Ninguno tenía cabeza. Detrás de la puerta estabas vos, que todavía no habías nacido. Tenías cabeza.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".