Punto de quiebre

Antes de ese partido, el historial tenístico era contundente: 104 victorias para Daniel y ninguna para Carlos. Habían jugado un partido por mes hasta ese día y, fuera cual fuera el resultado, la diversión estaba garantizada. Los años los habían distanciado bastante, pero más allá de sus diferencias sentían que sobre el polvo de ladrillo todo podía ser como antes. El suelo naranja que pisaban cada cuatro o cinco semanas retrocedía el tiempo y les dibujaba sonrisas que creían haber olvidado.

En los últimos partidos Carlos había mejorado. Estaba veloz, movía mucho las piernas, incomodaba con el revés y cuando tenía la chance pegaba muy fuerte de drive. Buscaba permanentemente variantes hasta encontrar la estrategia que en ese momento le diera frutos.

Estaba pensando más, entendiendo mejor el juego. Sin embargo, en los momentos decisivos siempre fallaba en algo, aunque los errores fueran cambiando. Tomaba malas decisiones, se apresuraba, más de una vez hizo doble falta teniendo set point, cometía errores no forzados o buscaba ángulos que sabía que no podía conseguir. Esa serie de desventuras tenían un motivo claro. Le pesaba la historia. Nunca había vencido a su hermano en nada. Ni al tenis, ni en una carrera ni al ajedrez.

Aquel día Daniel empezó jugando mal y Carlos se llevó el primer set 6 a 2. Estaba por celebrar porque recordó que sólo ocho veces había ganado el primer set y nunca con tanta diferencia. Daniel lo miró y Carlos no hizo ningún gesto, simplemente se dio vuelta, cerró el puño con fuerza y lo hizo subir y bajar rápidamente en milésimas de segundo, mientras escuchaba un sentido “muy bien eh” del otro lado de la red.

Había ganado un set pero entendía que tenía que mantener el nivel y seguir presionando. No quiso hacer un gesto que despertara la furia del hasta ese momento apático adversario. Tenía que pensar en él, en su tenis, en su cuerpo, en sus gestos, quería encontrar la manera de que su hermano no extendiera los dos brazos al final en esa celebración a la que tristemente se había acostumbrado pese a que cada año era más tímida. Daniel pensaba que lo hacía por respeto, pero en realidad era porque sabía que la próxima victoria también sería suya. Esa timidez sobre el final molestaba más a Carlos que un grito eufórico de alegría.

Durante el segundo set, Daniel seguía impotente pero cambió su estrategia. Empezó a jugar impulsivamente, casi sin pensar, forzaba el segundo saque e iba a volear desesperadamente, ganando casi tantos puntos como los que perdía.

Al comenzar el segundo set, el ambiente era raro. Daniel súbitamente comenzó a gritar los puntos con fervor, algo inusual en él. Tal vez quería desconcentrar a su rival. Carlos perdió su game de saque pero enseguida recuperó el quiebre.

Los jugadores mantuvieron su saque en los siguientes juegos y la tensión iba en aumento. Daniel se daba cuenta que había equiparado las cosas, pero sabía que no estaba jugando bien. Carlos ya no se sentía tan cómodo, pero el segundo set era parejo y su ilusión crecía.

Ambos se mantenían concentrados. El mundo alrededor detuvo su marcha mientras Carlos veía la pelota subir y bajar. Era un smash fácil y lo erró. “Me da miedo ganar, soy un cagón”, se dijo por lo bajo, “soy un cagón”, y se golpeó fuerte con la palma abierta en su cara.

Después de salvar dos puntos de quiebre, Carlos mantuvo su saque y puso el partido 6-5. Se había asegurado el tie break y era el momento de jugarse entero. Rebotaba brevemente sobre sus pies, milimétricamente, con movimientos que no llegaban a ser pequeños saltos, esperando devolver el saque y empezar a presionar desde el principio del game. Recordó que Daniel una vez le recomendó tirar al cuerpo cuando no sabía a dónde sacar en momentos decisivos y entonces se preparó para recibir esa pelota incómoda y ganó el punto con su devolución. Se puso 0-15 y el siguiente punto fue una doble falta. Carlos estaba saboreando la posibilidad pero se le escapó el game, nunca pudo volver a ponerse en posición ofensiva y terminó corriendo por toda la cancha.

Cuando se disputaba el tie break del segundo set, Daniel empezó a sentir un peligro real. Podía perder. La tensión invadía los dos cuerpos y era divertido observarlos. Jugaron muy mal, sacaron lento, no se arriesgaron, las pelotas quedaban altas y en el medio, los puntos aburridos se extendían y ahora los dos festejaban cada punto ganado.

Con el marcador 6-5 y el saque a su favor, la muñeca de Carlos latía y él repetía para sí mismo “uno más, uno más, ahora uno más”. Tiró la pelota al aire, saltó y le pegó. La pelota limpió el fleje y él se arrodilló en la cancha sonriendo y con los brazos en alto. Daniel de inmediado dijo, con displicencia, “mala” y Carlos perdió la paciencia como nunca en la vida: “no me robés”, gritó, “a mí no me robés”.

La discusión siguió y parecían dos niños gritando que sí y que no mirando la marca de la pelota. Uno decía que la marca era la que estaba centímetros afuera y el otro que era la que tocaba el fleje.fugas y obsesiones punto de quiebre tenis

Por momentos intentaban argumentar, pero terminaban insultándose y echándose en cara actitudes del pasado, dentro y fuera de la cancha de tenis. Como no se pusieron de acuerdo, decidieron tirar la moneda. Fue cara y 6-6. Daniel se llevó el tie break 8-6 y ganó el tercer set 6 a 0.

Carlos en todo el partido no dejó de mirar ese fleje y luego de darle la mano por sobre la red fue a ver de nuevo el pique. Para Carlos había sido buena y había ganado por primera vez. Para Daniel había sido mala y había ganado. Se retiraron en silencio y fue la última vez que se vieron esos dos perdedores.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".