¿Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos? Parte I

qué fue de la vida de Dee. Fugas y obsesiones
Dee estaba muy contenta de conocerme. Era morocha, creo que de ojos claros, tenía una buena sonrisa (no era una linda sonrisa) e iba al colegio vestida como imagino que yo hubiera ido vestido a un colegio privado. Su segundo nombre era Louise. Había cumplido trece años en 1996 y vivía a orillas de un río en un pequeño pueblo llamado Ynysybwl, en Gales. Era un lugar pequeño pero con gente muy amigable y hermosos paisajes.

Donde ella vivía, convivía con lo que podría llamarse vida salvaje, ya que las astutas ardillas, los tiernos conejos, los fieles caballos y los engañosos patos estaban por todas partes. Su familia amaba a los revolucionarios gatos y por eso tenían tres. Su hermana tenía dos conejos y una cantidad de peces tropicales mayor a treinta y menor a cuarenta. ¡Qué bien que explicaba los motivos por los cuales no sabían el número total! Intentar reproducir la explicación sería sacarle la magia que tiene en mi cabeza porque nunca podría igualarla, así que prefiero omitirla. A veces es mejor guardarse los recuerdos.

Dee iba a la escuela en Pontypridd y le gustaba mucho jugar al fútbol y nadar. También disfrutaba de la lectura y su pasión eran los libros de misterio. A ella le gustaba salir a bailar con sus amigos.

Ella es el recuerdo de un mundo que ya no existe. En mi corazón representa un lugar perdido que la próxima generación no podrá encontrar y la que le sigue pensará que fue un invento y que ni vale la pena buscarlo.

Dee era la amiga por correspondencia que me habían asignado en un curso de inglés cuando tenía 12 años, era mi “penfriend”. Yo estaba empezando el secundario, tenía un indescriptible fervor por Independiente, todavía no sabía qué era Black Sabbath, tenía muchos sueños que ni siquiera había soñado y ya había tirado a la basura mis primeros cuentos (no sé si enorgullecerme por eso o avergonzarme por los que algunos años después no me animé a desechar).

Cambiamos varias cartas y hace pocos días, de casualidad, me encontré con una que había guardado. Puedo apostar a que ella no tiene mis cartas. Había olvidado que Dee existía, había olvidado esos relojes que no marcaban las horas, había olvidado la posibilidad de escribir una carta y la libertad que se sentía, que de todas maneras es muy inferior a la que se siente al escribir en el Word o en un mail (desconfíen de las personas que escriben y explícitamente denostan al mail).

La fascinación, lo inconcebible, lo impensable: gracias a un instituto de inglés y a unas semanas de espera, podía contactarme con alguien de otro mundo. Porque Gales era otro mundo. En mi mente era té en la Patagonia, bronca con Inglaterra, el fantástico Ryan Giggs y una letra de más en el apellido del personaje principal de El Mago de Oz. 
Gales para mí era lo mismo que Colonia Vela, eran laberintos infinitos que podían recorrerse sin siquiera advertir que eran laberintos. Hoy al correo van los que renuncian, los que tienen que mandar encomiendas, hacer trámites precarios y las personas que no envidio.

Tengo un amigo al que no sé definir si como genio o como loco. Es un lugar común así que no me extiendo. Es amante de las discusiones y cada vez que se arma algún debate que parece existencial, pero que en realidad es completamente estúpido, recuerda un episodio de Seinfeld donde uno de los protagonistas compra un auto porque perteneció al actor Jon Voight, para tener siempre a mano una historia interesante para contar, y luego discuten si el nombre era John o Jon sin h. A mi  amigo le gusta pensar en cómo era esa época y en cómo hoy eso se resuelve en dos segundos.

Quince años después, Dee sigue sonriendo desde la foto que me mandó. Pero la sonrisa de felicidad parece haber mutado. Ahora casi que sonríe como La Mona Lisa. No alcanzo a vislumbrar si me sonríe nostálgicamente al pensar en el mundo sin distancia ni tiempo que hoy compartimos desencontrados y compararlo con el mundo de poéticas lejanías indescriptibles que supimos disfrutar. O tal vez sea una mueca que desborda ironía al verme escribir estas palabras y pensar que somos los mismos de siempre pero con nuevas tecnologías.

¿Seguirá viviendo en Ynysybwl? ¿Habrá estudiado? ¿Será oficinista, rockera y drogadicta? ¿Será una aburrida empleada pública que mira la vida pasar? ¿Está en camino a cumplir sus sueños o habrá olvidado sus sueños por el camino? No consigo descifrarla, reinterpreto sus cartas pero no puedo saber qué fue de la vida de Dee y de aquel mundo que hoy parece tan lejano. 

Necesito saberlo, así que voy a buscar la manera de encontrarla. Pensando en el mundo en que vivimos, no es muy difícil imaginar cómo lo voy a hacer. ¿Pero cómo me presento? ¿Qué le digo? ¿Tengo que presentarme y definirme en dos renglones para que a ella realmente le interese mi propuesta? ¿O la sorpresa de un habitante de un mundo que ya no existe y que disfruta del mundo actual será suficiente? ¿Le miento y le digo que me acordé de ella por el personaje de una serie que acontece en Philadelphia? ¿Le digo que siempre la recordé? Quiero contactarme con ella para entender. Esta historia no termina acá, pero por el momento no sé cómo sigue.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.