Qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos Parte III

“sólo para que pasen con sus disfraces con la alegría de los fugaces mientras yo escucho un cassette grabado”.

Estaba sentado. Trataba de parecer relajado, pero no podía dejar de mirar rápido a todas las personas que entraban a ese bar de Londres. Miraba mi reloj pensando que habrían pasado varios minutos y quejándome por la impuntualidad, pero sólo habían transcurrido pocos segundos. Empezaba a dolerme la cabeza de los nervios, murmuraba “entrá, entrá” como si mis palabras tuvieran algún efecto en Dee. Daba por seguro que ella estaba mirando el bar desde afuera, tratando de identificarme. Creía que dudaba sobre si entrar o no.

Había estado esperando media hora tomando cerveza y había perdido las esperanzas de que ella apareciera. Daba un trago y miraba desde la mesa hacia la puerta, no podía evitarlo. Como pasa en los cuentos con final feliz, ella llegó cuando yo estaba por irme del lugar.

Apenas nos encontramos, Dee dijo que estaba muy contenta de conocerme. Era la misma frase que había dicho en el primer renglón de su carta en 1996, pero preferí no mencionar ese detalle.

Al ver su redonda cara, entendí que mi viaje simbólico de dieciséis años intentando entender qué había pasado con el mundo estaba por llegar a su fin. Esa noche iba a terminar, para bien o para mal. Yo quería respuestas, pero las preguntas se las hacía al mundo. Dee tenía que ser un instrumento del destino que me contestara las preguntas que yo no le iba a hacer.

Comenzamos a hacernos mutuamente preguntas tontas, pero ella parecía no prestar atención a lo que conversábamos. Es más fácil hablar con un desconocido cuando no hay expectativas.

Intentaba parecer simpático pero la sombra del humor inglés que nunca disfruté se me venía encima. Dee se aburría, aunque sí se reía de sus chistes y mi preocupación crecía al ver que esa sonrisa de Mona Lisa enigmática que había en su foto no llegaba ni a ser una simulación de sonrisa insípida en ese bar.

Pedí más cerveza para ver si se relajaba. Ella me preguntó por qué la busqué y se lo expliqué en detalle. Quería entender qué había sido de su vida y del mundo que compartimos. Le hablé de mi infancia y también de la suya, de tiempo y de distancia. Por primera vez se rió genuinamente.

Brindamos y en sus ojos vi que no era feliz. En qué momento había sido feliz ella, si es que alguna vez lo había sido. Ella me decía en las cartas que disfrutaba de la vida y aseguraba lo mismo en lo que escribía en Facebook.

-¿Para vos yo era un recuerdo que ya no existía? –le pregunté.

-Para mí directamente no existías. Sos una resurrección – Tengo que reconocer que yo quería hacerme el poeta, pero a Dee le salía sin esfuerzo.

Un silencio incómodo nos invadió. Ella estaba en una postura extraña, como queriéndome regalar una anécdota inolvidable pero sabiendo que estaba fracasando. Yo hablaba mucho sin decir nada y ella de pronto dejó de hablar. Intercambiamos unas miradas incómodas. Sabía que no podía dejar escapar esta oportunidad, no podía ser todo en vano, la búsqueda, las ilusiones, los pensamientos, los sueños y la necesidad de entender.

Estaba sin respuestas y Dee comenzó a levantarse. Ante la desesperación. me tiré de la silla. Caí de espaldas al piso y enseguida quiso ayudarme riéndose a carcajadas. Cuando me levanté del suelo, volvimos a sentarnos los dos en la mesa.

-¿Por qué viniste? – le pregunté.

-¿Cómo por qué vine?

-Sí, no entiendo.

Ella se quedó en silencio, con una mueca de angustia y de pena.

-Vine porque vos estabas muy entusiasmado.

-¿Entusiasmado de qué? ¿Qué pensás?

-Yo soy Dee, pero no soy tu Dee.

La miré incrédulo y después miré fijo el piso.

-¿Cómo que no sos mi Dee? ¿Y para qué me contestaste?

No sabía si enojarme, quedarme callado, insultarla o irme sin escuchar la respuesta.

-Tenías un entusiasmo de otro mundo, un deseo que no pude comprender y quería hacerlo. No te quise mentir, pero no podía decirte que yo no era la Dee que buscabas.

Quiso seguir dando explicaciones pero se puso a lagrimear. En mi cabeza había demasiados pensamientos y sentimientos y no sabía a cuál dejar ganar.

No podía enojarme, pero me encontré insultándola con mucha calma. No sabía si la insultaba por haberme mentido originalmente o por decirme la verdad en ese momento. Cuánta ternura y cuánta crueldad. Qué triste gesto poético. Al menos ya había entendido a la perfección qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos.

qué fue de la vida de Dee y del mundo que compartimos. Fugas y obsesiones

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. "Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas".