Sobre la desgracia de Ferro

Mi sueño era ser futbolista, como el de muchos chicos en la infancia. Por supuesto que no estuve ni cerca de lograrlo. Ahora eso es un recuerdo inolvidable que me quedó de esos años de ilusiones, en los que todo era posible.

A finales de los 80 y comienzos de los 90, el barrio había cambiado pero todavía era lo que para nuestros viejos había sido el barrio. Todas las tardes se armaban partidos de fútbol en las calles cortadas. El mejor lugar era un pasaje en la calle Esnaola. No pasaban autos y cuando nos aburríamos armábamos la cancha en una especie de S que hacía que atravesar el mediocampo fuera una verdadera batalla.

Cada tanto hacíamos excursiones al Parque Centenario. Los partidos infantiles ahí eran eternos, hasta que ya la pelota no se veía. En realidad, se jugaba un rato intentando adivinar el recorrido de la pelota, porque era vergonzoso ser el primero en parar el juego. El problema era que no íbamos seguido al parque, entonces había que esperar bastante hasta poder jugar y la mayoría de las veces el equipo de Esnaola se desmembraba para sumarse a otros.

A comienzos de los 80, Ferro alcanzó su mejor momento y ganó dos campeonatos de primera división. Durante toda la década, fue uno de los animadores del torneo más importante de Argentina. Su fútbol era muy criticado pero efectivo y llenaba las páginas de los diarios. También crecía como institución social y se había convertido en un ejemplo a seguir.

Un día me enteré que se anunciaban con bombos y platillos una prueba de jugadores durante dos semanas. Después de insistir un poco, mi vieja nos llevó a un amigo y a mí a Caballito. Me gustaría volver a sentir esa ilusión que me invadió durante la caminata de más de 20 cuadras, esa esperanza que hoy parece indescifrable.

Ese día era para chicos de 7 y 8 años. Llegamos y preguntamos por dónde había que ir. Nos dijeron que nos cambiáramos en un vestuario que había cerca y que después fuéramos a una cancha

Entré al vestuario. Era chiquito, oloroso y el sol brillaba adentro porque no tenía puerta. Me sentí en el paraíso. Me cambié rápido y me estaba atando los botines cuando una sombra gigante me dijo con amabilidad: “así no pibe”.

Sentado en el suelo, levanté la cabeza para ver quién me hablaba, pero el reflejo del sol me impedía ver. La sombra se agachó hasta el piso, desató mis cordones y los volvió a atar. Me acarició la cabeza y ahí descubrí quién era. No me salieron las palabras y él agregó: “así se atan los campeones”. Salí sonriendo y le conté a mi vieja que Timoteo Griguol me había enseñado a atarme los cordones. Ella no sabía quién era, pero se puso contenta.

Después de una hora y media de práctica de fútbol, nos enteramos que la prueba había sido un engaño. Los que quisieran quedar seleccionados debían pagar una escuela de fútbol que nada tenía que ver con las divisiones inferiores de Ferro. Perdí un poco la inocencia ese día. Era una mentira la posibilidad de jugar en Ferro y el club se había prestado por algún porcentaje de dinero.

Antes de comenzar a desilusionarme, antes de salir a la cancha a intentar jugar bien (aún no entendía que era un desastre), el gesto inolvidable de Griguol se grabó para siempre en mi memoria. Tampoco pude olvidar el intento de estafa. Miro ese pasado, ese día, esas ilusiones, y ya no me reconozco. Quizás es un consuelo estúpido, pero Ferro tampoco debe reconocerse.

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Sobre Fugas y obsesiones

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