Un buen par de ojos de vidrio

… y tu mirada tiende a mejorar, las nuevas supersticiones…
Un buen par de ojos de vidrio marcan si el camino es negro o blanco en Fugas y obsesiones
Cada persona tiene una cuota de locura dentro suyo. Esta locura se puede expresar de infinitas maneras. Hay formas sanas y divertidas de expresarla y también hay de las otras, de las que asustan.

Hace pocos días me tomé un taxi para volver de un cumpleaños. Había pensado en esperar el 92, pero la ambición me duró menos de un minuto al ver un taxi libre. Subí al auto y, tras el cordial saludo de costumbre, le dije mi dirección.

El taxista, mirando al frente, me dijo “estás mal vestido”. Yo veía su pelo y algo me resultaba familiar, sentía conocerlo pero más sentía que era uno de esos contextos descontextualizados donde nos cruzamos gente que se equivocó de lugar y nos cuesta reconocer (o quizás no admitimos que nosotros somos los equivocados).

Por supuesto que interpreté su afirmación y juicio estéstico de manera literal. Entendí perfecto las palabras pero no me cerraba lo que había dicho. Preguntar exclamando “qué” suele ser más para ganar tiempo o si efectivamente no se entendió lo que a uno le dijeron. Pero no podía usarlo en este caso, yo había entendido, así que tímidamente le pregunté: ¿cómo?
–Estás mal vestido –repitió con mayor firmeza.
–¿Por qué? –ya no podía esquivar el bulto.

El viaje recién estaba empezando y casi instantáneamente, mientras tomaba Honorio Pueyrredón, llegó la segunda sorpresa de la noche.

–Estás de negro, el negro atrae a los demonios, te va a ir siempre mal si te vestís de negro, las personas que se visten de negro se enferman, los espíritus malignos las buscan.

No le había visto la mirada y tenía terror de que se diera vuelta y en vez de ojos tuviera dos agujeros negros y me gritara “te vine a buscar”. Por primera vez en mi vida creí en monstruos reales (los de los sueños no se cuestionan), pero me tranquilicé pensando que no le habrían dado el registro de manejar a un monstruo. Habían pasado pocos segundos desde que había subido y no se me vino a la mente ninguna excusa coherente para bajarme (ahora pienso en catorce), así que le seguí la corriente.

–¿Cómo hay que vestirse?
–De blanco, el blanco es la pureza, los ángeles que te cuidan. Una vez le dije a una amiga que vaya al hipódromo vestida de blanco y ganó 5000 pesos.

Esperaba una risa de su parte y que me dijera que me estaba jodiendo, mi cara debía expresar muchas cosas pero no me miré en el espejito y menos me animé a tratar de verlo a él. No se reía, era de verdad esto.

–Andá de blanco al hipódromo, haceme caso.
–No, no me gusta apostar. Además pierde sentido apostar a lo seguro, sin riesgo no hay apuesta.
–Bueno, no importa –realmente no le importaba lo que yo decía– un día salís con una chica, vas al casino, ponés 50 pesos al 24 y te ganás diez mil pesos.
Seguro creyó que al cambiar el hipódromo por el casino me iba a convencer. No quise insistir en mi oposición a las apuestas y me quedé callado con la falsa esperanza de que el momento raro hubiera terminado.
–¿Me estás prestando atención? Esto te puede cambiar la vida.
–Sí, claro.
–No parece.
–Sí, el negro atrae a los malos.
–No, no es sólo eso, no es tan simple. Es importante. Ya vi tres personas mal vestidas hoy.
–¿Con o sin mí? –perdido por perdido, seguí el juego con voz temorosa, total ya estaba casi a mitad de camino.
-Sos el cuarto. El otro día subió un pasajero y me contó que tenía pesadillas… y al final hablando me dijo que dormía de negro, claro.
–Claro –contesté mientras me esforzaba por pensar en otra cosa o en encontrar un tema para cambiar la conversación. Estaba sin ideas y los nervios me jugaron una mala pasada.

Ya estaba cerca. Al llegar lo hice parar en la esquina, así no dejaba lugar a que los demonios del taxi me acompañasen a mi casa. El reloj marcaba 17,40, un viaje corto puede decirse. Le pagué con 20 pesos. El taxista agarró el billete y me devolvió tres de dos pesos.

–No, me tiene que dar 2,60 de vuelto –le dije.
–No importa, tomá seis –me respondió terminante.
Estaba medio de perfil, pero los dos mirábamos hacia abajo, nuestras manos se contemplaban con extrañeza. Las de él eran algo grandes, pero normales. Las mías son algo normales, pero grandes.
–No, no es el vuelto que me tiene que dar.
–Bueno –dijo resignado mientras revolvía su riñonera. Sacó una moneda y me dijo “tomá cinco pesos”. Tenía que haber agarrado los dos billetes de dos y la moneda y salir corriendo, pero hay cosas que no puedo controlar y me volví a negar repitiéndole que el vuelto era 2,60. El taxista se rindió y me dio lo que me correspondía.
–Gracias, suerte y buenas noches –lo saludé.

Cuando traté de abrir la puerta, el seguro no subió. Intenté dos veces más rápido y cuando iba a decirle que la puerta estaba trabada me dijo “sacate la remera y dámela, vas a ver que las cosas mejoran, en serio te digo”. Todo mi cuerpo se puso tenso, como si un gigante lo apretara en su mano con un único y displicente movimiento. Iba a decirle que las cosas me iban bien, tratar de razonar con él para salir de alguna forma, pero me desesperé y de un codazo traté de romper el vidrio. Obviamente no pude y a mi cabeza vino esa canción que dice “mi única fuerza es la fuerza de la gravedad”. En ese segundo en que le di un golpe al vidrio y no pude romperlo me imaginé despertando en un hospital o en la calle tirado, en el mejor de los casos, pensando en cómo contaría lo que me pasó si es que alguna vez podría hacerlo. Sin embargo, el taxista me dijo “bueno, no te pongas loquito, si no me querés dar la remera te jodés vos, ignorante”. Destrabó la puerta y enseguida bajé. Cuando estaba por cerrarla, en una mezcla de saludo y advertencia, me dijo “nos vemos pronto, hombre de negro”.

Apenas había dado unos pasos y pensé en por qué ese loco había dicho “pronto”. Si hubiese dicho “nos vemos” era una anécdota más y segundos después hubiera borrado de mi cabeza todo lo que pasó, pero agregó la palabra pronto. Miré hacia atrás y el auto no había arrancado, él me miraba de una manera aleccionadora, con ojos que no veía pero imaginaba amenazantes, y no quise entrar a mi edificio hasta que se fuera. No se movía. Es muy fácil matar monstruos en los sueños, pero nunca supe qué hacer con los reales.

Es complejo hablar de algunas sensaciones sin poner ejemplos. Yo tenía un miedo incomparable. Un miedo único, singular, físico y mental. Este miedo no era ni siquiera comparable con ese miedo efímero que sentí cuando fui víctima de una víctima que amenazó con acariciarme el estómago con un reluciente tramontina si no le daba mi celular. Este nuevo miedo era infinitamente superior, en mi cabeza estaba el inabarcable temor a que nunca en la vida se me fuera esa sensación.
Volví sobre mis pasos, él me miraba, golpeé la ventana y nos miramos a los ojos. Destrabó la puerta, la abrí, me saqué la remera que tenía puesta, se la tiré adentro del taxi y me fui. No me creí su teoría, pero sí creí en esos ojos que tanto me esforcé por no mirar y que nunca podré olvidar.

Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.