Un muertito en el cuartel

“uno entre tantos de la patria grande”

Ocurren cosas, pero se repiten una y otra vez. El uniforme contribuye a dar esa imagen monótona que parece tener un cuartel.

Cuando ingresé como soldado conscripto estaba orgulloso. Me dijeron que buscara excusas, que pagase a médicos por mentir, pero yo quería saber qué tenía para decir el azar sobre mí. Al salir sorteado, sentí que era mi camino en la vida, aunque mi novia y mi madre me despidieron llorando. Pude sentir por primera vez el orgullo de mi padre en el abrazo que me dio.

En el barrio me saludaban con alegría mientras dejaba Cutral-Có para incorporarme a un grupo de artillería. Era lejos, no iban a poder visitarme mucho.

Siempre fui callado. No tímido. Son cosas distintas. El primer día encontré un ámbito autoritario y hasta por momentos denigrante. Apelé a mi silencio. Con sólo una hora en la colimba, entendí que la explicación de correr, limpiar y barrer no era un chiste. Cerca del mediodía un compañero pidió descansar y fue atado a un árbol.

Esa noche no pude dormir. Intentaba relajarme pero en lo único que podía pensar era en mi compañero atado y pidiendo ayuda a los gritos, sentía que lo escuchaba. Todo el cuartel se burlaba de él, incluso chicos como yo, que eran nuevos, que mañana podrían estar igual que él.

Al segundo día, después del almuerzo, mi sargento me llamó para tener una charla personalmente. Me dijo que le parecía medio mariquita y me preguntó si me habían comido la lengua los ratones. También me dijo que les parecía raro a mis compañeros, que les jodía que no hable.

Lo único que contesté fue que ser callado no tenía nada que ver con la orientación sexual de las personas y que me sorprendía lo rápido que se sacaban conclusiones en el cuartel. Pasé mi segunda tarde corriendo bajo el sol hasta vomitar. Creo que vomité hasta la última cena que cocinó mi madre.

Por la tarde, cuando dejaron de hacerme correr y de reírse, porque ya eran varios los que se habían juntado alrededor mío, me quedé tirado en el pasto llorando más de la bronca que del dolor.

Por lo menos esa noche podría descansar, me consolaba. Cuando me estaba por dormir, entró mi sargento y gritó mi nombre seguido de insultos. “Me dicen que te gusta escribir, nosotros te vamos a hacer hombre”, dijo y comenzaron a pegarme incontables personas. Mis gritos sólo les daban más fuerzas. No tenían piedad.

Recuerdo haber entrado en camilla a la enfermería. Todavía escucho el grito de falta envido de los médicos que jugaban al truco. Un enfermero les pidió que me atendieran y alguien entre risas contestó que un muertito más no iba a molestar a nadie.

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Sobre Fugas y obsesiones

Blog literario y de híbridos. Fugas ficcionales y obsesiones cotidianas. “Quiero transformar sus vidas en obras de arte, aunque estoy seguro de que jamás se tomarán la molestia de leerlas”.